
Ni tres, ni reyes, ni magos
Ni tres, ni reyes, ni magos como imaginamos. Este artículo revela el verdadero origen histórico de los visitantes de Oriente y su mensaje eterno de adoración a Cristo.

Ni tres, ni reyes, ni magos como imaginamos. Este artículo revela el verdadero origen histórico de los visitantes de Oriente y su mensaje eterno de adoración a Cristo.

La encarnación es el corazón de la Navidad: Dios descendió a la humanidad en Cristo, abriendo el camino de la salvación y revelando la gracia que transforma la historia.

No conozco a muchas personas a las que no les guste la Navidad. De hecho, cuesta imaginar que alguien no disfrute de esta celebración. Al fin y al cabo, y como cantaría Andy Williams, ¿no es “la época más maravillosa del año”? Sin embargo, cuando nos encontramos con personas que

El pesebre simboliza la humildad y la presencia transformadora de Dios en el mundo. En Jesús, la divinidad rompe barreras, llenando espacios sencillos de significado eterno. Su nacimiento nos invita a redescubrir lugares olvidados como escenarios de paz y esperanza. Desde el pesebre, el Reino de Dios ilumina la humanidad.

Esta Navidad, celebremos el cumplimiento de la promesa divina: el nacimiento del Príncipe de Paz. En medio de falsas esperanzas y distracciones, solo Cristo ofrece la verdadera paz que transforma. Recibámoslo con gratitud, dejando que nuestras vidas reflejen su amor y salvación eterna.

El nacimiento virginal de Jesús, más allá de la ciencia, nos invita a abrazar lo milagroso en la vida cotidiana, es un recordatorio de que Dios interviene en nuestra realidad con esperanza, restauración y una profunda conexión humana.

Muchas veces podemos idealizar el pesebre y tener una idea pintoresca del nacimiento de Jesús, cuando en realidad fue una manera vulnerable su entrada a este mundo y no menor la forma como se fue del mismo.

En esta navidad consideremos la revelación de Dios en este mundo, que nos abramos a su llamada desde el pesebre y correspondamos a su llamada al estilo de María: He aquí tus siervos, haz con nosotros conforme tu Palabra.

¿Alguna vez te detuviste a pensar que este Dios de la adopción también fue adoptado por un padre terrenal? Antes de escandalizarte por esta afirmación, déjame elaborar a qué me refiero y permíteme brindarte una nueva perspectiva de los primeros capítulos de Mateo.

Como lo expresaba Isaac Newton: «La vida en este mundo es solo un paréntesis en la eternidad». Lo importante no es cómo, dónde, cuándo y por qué muramos, sino hacia dónde vamos. ¡Gloria a Dios porque por el Niño de Belén tenemos esperanza!

En ese pesebre duerme Jesús, el Salvador prometido, necesitado y aclamado. Aquel que reconcilia a Dios y a los hombres, a la eternidad con el tiempo, a lo infinito, con lo finito. En sus manos y su voz trae esperanza y paz, y con ellas perdón y salvación.

En la plenitud del tiempo, Dios mismo se hizo uno de nosotros y nos mostró que él se identifica no solamente con los ricos y poderosos de nuestra sociedad, sino con los pobres y los rechazados.