
El Verbo se hizo carne: La Navidad como inicio de salvación
La encarnación es el corazón de la Navidad: Dios descendió a la humanidad en Cristo, abriendo el camino de la salvación y revelando la gracia que transforma la historia.

La encarnación es el corazón de la Navidad: Dios descendió a la humanidad en Cristo, abriendo el camino de la salvación y revelando la gracia que transforma la historia.

No conozco a muchas personas a las que no les guste la Navidad. De hecho, cuesta imaginar que alguien no disfrute de esta celebración. Al fin y al cabo, y como cantaría Andy Williams, ¿no es “la época más maravillosa del año”? Sin embargo, cuando nos encontramos con personas que

El nacimiento virginal de Jesús, más allá de la ciencia, nos invita a abrazar lo milagroso en la vida cotidiana, es un recordatorio de que Dios interviene en nuestra realidad con esperanza, restauración y una profunda conexión humana.

Muchas veces podemos idealizar el pesebre y tener una idea pintoresca del nacimiento de Jesús, cuando en realidad fue una manera vulnerable su entrada a este mundo y no menor la forma como se fue del mismo.

En esta navidad consideremos la revelación de Dios en este mundo, que nos abramos a su llamada desde el pesebre y correspondamos a su llamada al estilo de María: He aquí tus siervos, haz con nosotros conforme tu Palabra.

Hugo Morales reflexiona sobre la pregunta ¿Navidad en familia? Y la importancia de esta celebración.

Para muchos filósofos y escépticos aquí está el problema: ¿encarnarse para morir? ¡Qué contradicción! ¡Mísera esperanza! Sin embargo, el Dios encarnado, Jesús, no solo entra en contacto con la humanidad sufriente de forma especial, sino que al mismo tiempo sufre, experimenta en su ser la realidad del dolor, creando (noten, otra vez, el acto creativo y libre) una comunión e identificación sin comparación.

Así que, Dios crea de la nada con su Logos. Su poder se manifiesta no solo en la hermosura de su creación, sino también en la relación que establece con ella. Crea lo que él considera que es bueno, con las condiciones exactas para que el culmen de su creación, el ser humano, habite, se desarrolle y se relacione con él llevando su imagen e imitándolo.

En otras palabras: sin pesebre no hay cruz, sin cruz no hay muerte, sin muerte no hay tumba, sin tumba no hay resurrección, y sin resurrección no hay salvación.

¡El Dios eterno e infinito, en la persona divina del Verbo, quiso nacer como un bebé! ¡Se convirtió en un paquetito de vida y amor envuelto en pañales y acostado en un pesebre! Fue Dios que dormía en ese pesebre, pero no fue Dios Padre ni fue el Espíritu Santo, sino que fue el Verbo que desde la eternidad quiso nacer entre nosotros. Eso es lo que celebramos cada año en la Navidad.

Es mi deseo que en estos días previos a la celebración de Navidad podamos reflexionar en las implicaciones de la encarnación para nuestro común peregrinar espiritual. Contemplemos con serenidad las palabras del profeta Isaías quien nos abre un panorama inmenso de esperanza y de gracia en un mundo de tanta desgracia