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¿Ortodoxia sin herejía? Apología de Arrio

En la historia del cristianismo la verdad no se opone a la mentira, sino a lo falso. Las palabras herejía, herético y hereje son un caleidoscopio, quizás las palabras más bellas pero distorsionadas de la historia.

En principio, la palabra griega herejía, como sustantivo, nombra la acción de tomar o aceptar una elección. Mientras, el verbo Haireo denota “escoger”, por ejemplo, el estudio de la Torá (1 Mac 4:42; 1QS 1, 7.11). En la época del siglo I significaba la “opinión de una escuela o un partido”, pero no tenía, hasta aquí, un acento negativo. Así parece verlo Pablo en 1 Corintios 11:19 la hairesis es apenas diferente a skhismata (cisma) del v. 18. Probablemente un cisma lleva a crear partidos o sectas.

Lucas la ocupa como sustantivo en Hechos 5:17 para designar a los Saduceos, 15:5; 26:5, los Fariseos y 24:5, 14 y 28:22 para los Nazoreos. Lucas parece seguir el uso que se le designa a las escuelas rétores de Grecia llamadas haireseis. En este contexto se puede entender que la herejía es la reacción de una escuela en relación con ciertas creencias particulares. A parte de la cita de Pablo en Corintios, el segundo uso que Pablo hace del vocablo es en Gálatas 5:20 que lo sitúa dentro de un listado negativo de los vicios, obras de la carne y las fracciones. El tono parece aludir a los elementos de la disensión o el cisma.

Es hasta finales del siglo I donde la connotación del vocablo aparece con un tono despectivo. En 2 Pedro 2:1 la herejía es considerada como falsas doctrinas o palabras de mentiras. Nótese que en este contexto el marco referencial es la enseñanza cristiana. Así también Tito 3:10 aparece por primera y única vez, en el NT, el adjetivo hairetikón antrophos, el hombre hereje. Originalmente se podría traducir como “el hombre que ha hecho una elección”. En este contexto, un hombre que ha hecho una elección entre las verdades de la fe cristiana… o sea, se ha separado del grupo perteneciente.

Sin embargo, el vocablo sigue siendo difícil de definir, debido al uso antiguo del término y a los nuevos significados ¿qué hace a uno ser hereje? ¿Quién define una herejía? y ¿cómo debe ser definido un hereje?

El espíritu del hombre

En principio, por lo antes mencionado, la connotación de herejía no tiene cabida en sentido peyorativo. En el contexto cristiano donde se gesta el sentido negativo depende de las disidencias creadas en las primeras comunidades cristianas. Esto se aparta enormemente de los usos posteriores. Quizás sea posible definir la herejía como el espíritu del hombre que es capaz de pensar y proponer libremente sus ideas, incluso, a partir de una norma establecida.

La situación primera de las comunidades cristianas fue la de no tener una autoridad establecida para “controlar” los asuntos de la fe naciente del cristianismo. Antes del edicto de Milán en el 313 las pequeñas comunidades estaban expuestas a los pastores de sus comunidades cristianas. Prueba de ello es la relación de las primeras comunidades judías y cristianas en relación con las Escrituras. La pluralidad de textos evidencia el espíritu plural del movimiento religioso sin alguna uniformidad.

Como era de suponer, el cristianismo desarrolló su regla de fe para su enseñanza. Pero no eliminaba el desarrollo de las comunidades independientes. Incluso el primer contacto con Marción, quizás el primer “hereje”, fue para excomulgarlo sin darle una solución al problema planteado. Que Marción no comprendiera al Dios de amor con el Dios del Antiguo Testamento no lo hace ser malo, sino capaz de formular ideas nuevas.

El mismo Orígenes reconocía que la existencia de estos hombres con ese espíritu racional griego, fundamental en la época, era natural y beneficioso, puesto que hacía del cristianismo un rango racional, capaz de dialogar con la filosofía griega.

La crítica

Otro factor que se puede introducir dentro de la herejía es la capacidad de crítica sustentada por el hombre. Tal como se concluye con Marción, él puso el tema de los testamentos sobre la mesa, sin embargo, la iglesia no elaboró un tratado sobre dicho tema teológico. La herramienta de la exclusión fue, para ellos, lo más viable que su propia capacidad crítica de responder ante los cuestionamientos.

El caso de Arrio es el mismo. Arrio no propone sus ideas infantilmente, sino con bases sólidas, como un hombre comprometido con los asuntos intelectuales de su época. Su manejo de la filosofía griega revela su compromiso crítico con tal de salvaguardar la paternidad de Dios. La capacidad de un solo hombre con una idea fue capaz de convocar un concilio. ¿La razón? Solucionar y aclarar la divinidad de Jesús a nivel bíblico, teológico y filosófico.

Este tipo de concilio no señala solamente a la idea, sino al hombre de la idea, a un hombre de carne y hueso. Esto recuerda a Lutero ante la Dieta de Worms, al no retractarse fue condenado como hereje. ¿Por sus ideas o por su espíritu crítico? Los hombres, los otros, podían no solo capturarlo sino matarlo, en nombre de “la” ortodoxia. “La posesión de la verdad absoluta acaba por destruir toda religión y toda verdad”.[1]

Arrio no solo fue obligado a retractarse sino también fue excomulgado de la iglesia, en nombre de la verdad. Sin duda benefició al desarrollo de la fe cristiana, pero no al hombre Arrio. Por irónico que sea, le fue mejor a Arrio que a Máximo el Confesor, tras un juicio “legal” de los guardianes de la verdad, fue mutilado de la mano derecha y le cortaron la lengua. Años después la iglesia con sus autoridades reconoció que la crítica de Máximo era razonable. Las ideas benefician el desarrollo de la fe, pero no al proclamador de ella: “Matar a un hombre no es defender una doctrina; es matar a un hombre”.[2]

Una postura

Arrio es una persona que integra en su reflexión todo aquello en lo que piensa. Quizás esta sea la definición de un hereje, aunque en principio, ningún hereje se denominaría como tal. Ningún hereje se enorgullece de serlo. De ahí que, a la gente que señala en el juicio parece importarle poco, en principio, tener la razón filosófica. “Creer que se posee la única y sola verdad significa sentirse con el deber de imponerla, también por forzarla, por el bien de la humanidad”.[3] Los atentados llevados a cabo por radicales y fundamentalistas jamás se consideran herejes, siempre actúan en base a que “son” ortodoxos.[4]

Arrio supo concebir, construir y presentar sus ideas. El hereje es un hombre que tiene una postura y da razón de ella. Una postura no es algo clausurado, sino en movimiento. Es en la evaluación de las donde ha de detenerse o comprobarse el error, si así lo fuera, y no el hombre, aunque este interese más. A parte de Galileo, Giordano Bruno fue el último hombre de carne y hueso condenado a morir, por la inquisición, debido a sus ideas.

Son las ideas no los hombres. Son las herejías no solo los herejes. Las ideas de un hombre son las que desafían las estructuras de otros hombres. Como resultado se excomulga, se mutila y se elimina al hombre, pero jamás su espíritu, nunca su crítica y su postura. Éstas permanecen porque ellas dan testimonio del hombre libre.

Conclusión

Nadie juzga a otro como se juzgaría a sí mismo. Arrio como nuestro acusado histórico, sentado en la palestra, recuerda nuestra historia humana. Es a un hombre al que se condena. Uno de carne y hueso: Ecce Homo. ¿Es el compromiso mejor que la libertad? Arrio, como cualquier otro acusado de tal título, es un hombre con coraje, cuya visión de las cosas crea una precedente para la historia de la humanidad. La humanidad con sus tejidos culturales, religiosos, éticos y políticos sigue en la condena al no detenerse por el hombre, sino por un fin y su ley sin razón.

Progreso. Verdad. Moral. Palabras. Persona. Justicia. Religión. Arrio. El corolario puede articularse en nombre de la ortodoxia contemporánea, pero desde un oscurantismo que compite con la noche misma. El desierto del que Nietzsche hablaba ha crecido y los hombres se han acostumbrado a él.  Cualquiera que condene sin una pizca de humanidad en la proclamada ortodoxia es más peligroso que el hereje. Mientras que el hereje, cazador de la verdad, sufre en sí mismo el peso de una verdad que mata.


[1] Nuccio Ordine, Utilidad de lo inútil (Madrid: Acantilado, 2013), 129.

[2] Ibíd., 128.

[3] Ibíd., 131.

[4] G. K. Chesterton, Herejes, 4; versión digital.

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