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Mr. Robot y la esperanza en un mundo roto

Mr. Robot y la esperanza en un mundo roto

Las series me han atrapado más que las películas. Su formato, al disponer de mayor tiempo para desarrollar historias, permite ver con detalle la evolución de los personajes y la trama, lo que facilita que el espectador se identifique con ellas.

Mr. Robot, una serie que en mi opinión ha pasado desapercibida, narra la historia de Elliot, un hacker que lucha contra el mal. A primera vista, uno podría pensar que se trata de la típica serie de héroes enfrentándose a villanos, solo que en el mundo de la informática. Sin embargo, nada más lejos de la realidad: aquí el protagonista es un héroe profundamente roto por dentro y marcado por un mundo que ha contribuido a su quiebre.

En realidad, la serie no va de hackers luchando contra el mal, sino de un viaje en el que acompañamos la transformación de Elliot Anderson. Su evolución, narrada con detalle, nos muestra a un personaje que no cree en la sociedad y quiere escapar de ella.

Hace ya mucho tiempo que los cristianos, en cierta medida, hemos intentado escapar de la sociedad por considerarla demasiado dañina. Hemos dejado de apostar por ella, y las escatologías escapistas han contribuido a esto porque distorsionan la visión que Dios tiene para el mundo. El sufrimiento nos encierra en una burbuja individual y las estructuras injustas refuerzan nuestra desconfianza hacia los demás.

La verdad es que, a simple vista, parece que sobran las razones para desconfiar de la sociedad y querer darle la espalda. Muchos han sido heridos por ella y prefieren optar por el individualismo y la soledad, todo esto acentuado por las redes sociales. El sufrimiento del mundo, sumado al nuestro, no invita precisamente a permanecer en él, sino a buscar formas de escapar. Elliot, el protagonista de Mr. Robot, tampoco apuesta por la sociedad. En uno de los diálogos finales con el antagonista de la historia, dice lo siguiente:

Tienes razón, odio a la gente. Les tengo miedo. Les he tenido miedo prácticamente toda mi vida. Y la gente a la que amé, la gente en la que confié, me hizo lo peor. Durante mucho tiempo, eso fue lo único que conocí… La sociedad merece ser odiada por todo lo que dices que hizo y más.

Elliot Anderson no solo ha experimentado el dolor que proviene de una sociedad distante, sino también de personas profundamente cercanas a él que le han causado un gran daño. La sociedad está tan corrompida que ha hecho a las personas capaces de herir incluso a quienes deberían amar y cuidar. La maldad adopta formas que dejan cicatrices irreparables. Ante una sociedad marcada por el sufrimiento, resulta comprensible no querer apostar por ella.

Podría decirse, incluso, que las nuevas formas de relacionarnos han incrementado notablemente el individualismo y la soledad. Cada vez más personas prefieren alejarse de una sociedad que sienten corrupta y desgastada. Y, en cierto sentido, es comprensible: resulta fácil no querer involucrarse con el mundo. Al fin y al cabo, ¿qué le debemos?

Los cristianos parecen estar en lucha con una sociedad que ya no muestra interés por el mensaje del evangelio. ¿A qué se debe esto? Sin duda, las razones son muchas y no caben en un solo artículo. Tal vez influya una tradición escatológica que ha renunciado a este mundo al asumir su inevitable degradación moral. Pero, en medio de un mundo marcado por el dolor, la soledad y la maldad, ¿acaso aún queda esperanza?

Incluso para alguien tan roto como Elliot Anderson, la esperanza logra abrirse paso. Sus palabras finales al antagonista resuenan como un destello inesperado en medio del caos: 

Pero hay algunas personas allá afuera… y no pasa mucho, es raro…, pero se niegan a dejar que las odies. De hecho, se preocupan por ti a pesar de todo. Y las realmente especiales son incansables en eso. No importa lo que les hagas. Lo soportan y aun así se preocupan por ti. No te abandonan, sin importar cuántas razones les des. No importa cuánto prácticamente les ruegues que se vayan. ¿Y sabes por qué? Porque sienten algo por mí que yo no puedo sentir: me aman.

Y por todo el dolor que he pasado, eso me sana. Tal vez no instantáneamente, tal vez ni siquiera por mucho tiempo. Pero me sana… Así que no, no voy a rendirme con este mundo…

Puede sonar a cliché, incluso empalagoso, pero la realidad es que el amor que permanece hasta el final es el único capaz de sanar un mundo lleno de dolor y sufrimiento. No es un amor que huye en la dificultad, sino un amor sacrificial, como el de Cristo. Y aquí aparece la clave: durante mucho tiempo hemos entendido la esperanza cristiana como una huida de este mundo, una “escatología escapista”. Sin embargo, el evangelio nos habla de otra cosa: una escatología de presencia. El Reino ya ha comenzado, y nos llama a permanecer aquí, amando y sirviendo en medio del dolor, anticipando con nuestra vida la restauración que Dios promete. Esto no es fácil. Implica convivir con la injusticia sin rendirse al cinismo; acompañar a quienes sufren sin esperar resultados inmediatos; perdonar cuando todo en nosotros quiere cerrar esa puerta.

¿Y si cambiar el mundo consiste solo en estar aquí? ¿En hacer acto de presencia? —dice Elliot Anderson. Quizá cambiar el mundo no consista en hacer cosas extraordinarias, sino en permanecer presentes en medio de él. Estar aquí, en una sociedad rota, pero sin huir de ella; encarnar un amor que no se cansa, que no abandona, que no se deja vencer por el cinismo ni por la desconfianza. Esa es la escatología del Reino: no escapar, sino permanecer hasta el final. Si Elliot encontró esperanza en el amor que no lo soltó, cuánto más nosotros, que hemos conocido el amor de Cristo, estamos llamados a ser esa presencia que sana, acompaña y transforma.

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