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El Verbo se hizo carne: La Navidad como inicio de salvación

Es valioso recordar que, desde los albores de la historia, la iglesia cristiana siempre ha conmemorado con solemnidad el día del nacimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Ya entre finales del siglo II e inicios del III, Hipólito de Roma mencionaba que “el primer advenimiento de nuestro Señor en la carne, cuando nació en Belén, sucedió ocho días antes de las calendas de enero (25 de diciembre)” (Comentario sobre Daniel, 4.23).

Así como esta de Hipólito, las referencias patrísticas a la celebración de la fiesta de la Natividad abundan entre los padres de la iglesia. Si bien es cierto que la fecha universal no fue fijada hasta tiempo después —ya que Oriente celebraba la fecha en enero y Occidente en diciembre, diferencia que sigue presente hoy entre la tradición que deriva de la Iglesia de Roma y aquella de la Iglesia griega—, el hecho es que los cristianos, a lo largo de la historia, han sentido siempre la importancia de conmemorar el nacimiento del Señor como un evento fundamental y solemne dentro de la historia de la salvación.

Más allá de la tradición histórico-teológica de la iglesia, también es evidente que fue el mismo Espíritu Santo, quien inspiró a los escritores bíblicos, quien determinó que el nacimiento del Señor quedara registrado como el inicio del evangelio. Tanto Mateo como Lucas dedican una porción importante de sus evangelios a narrar en detalle los sucesos que rodearon el nacimiento de Jesús. El apóstol Juan, al escribir el cuarto evangelio, complementa el relato de los otros dos al presentar una perspectiva exaltada de la encarnación del Logos divino. En otras palabras, Juan introduce el relato de la Navidad desde “el otro lado del espejo”. Así como Mateo y Lucas relatan la llegada del Señor desde el punto de vista del anuncio y los sucesos terrenales, Juan la relata desde una perspectiva divina.

No está de más notar que el único evangelio que no contiene un relato sobre la llegada del Señor es Marcos. Es aún más interesante cuando se toma en cuenta que, según el consenso de la erudición, el evangelio de Marcos fue el primero en escribirse y que tanto Mateo como Lucas tenían conocimiento de este escrito al redactar los suyos. Si el nacimiento del Señor fuese un hecho sin importancia, los otros tres evangelistas —y aquí afirmamos, además, que por inspiración del Espíritu Santo— no habrían tenido necesidad de incorporar todas estas largas secciones a sus relatos. Mateo y Lucas podían simplemente seguir a Marcos e iniciar su historia con la proclama de Juan el Bautista. Sin embargo, ambos deciden enfatizar el hecho de que algo sucedió antes del inicio del ministerio de Juan: Jesús no simplemente entró en escena a la edad aproximada de treinta años. El hecho es que mucho antes, en palabras del apóstol Juan, “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.

En su libro The Story of Creeds and Confessions, Donald Fairbairn y Ryan M. Reeves argumentan elocuentemente que la iglesia siempre entendió la necesidad de ver la encarnación como un hecho indispensable para la salvación. El único camino para la redención del ser humano es a través del descenso de Dios a los hombres, no así, como el gnosticismo y otras creencias antiguas y actuales sostienen, a través de la elevación del hombre a Dios. En otras palabras, la salvación del ser humano es un movimiento vertical: de arriba hacia abajo, no de abajo hacia arriba.

Es en este contexto que la encarnación cobra importancia fundamental. Como explicaba san Ireneo de Lyon en su Contra las herejías, escrito a mediados del siglo II, solo si Dios mismo asumía sobre sí la naturaleza humana podía el ser humano ser redimido, ya que lo que el hombre perdió en Adán fue rescatado por Cristo, quien no es otro que el mismísimo Dios Hijo hecho hombre (cf. Haer. 3.21.2; 3.28.2, 7).

Más adelante, en el siglo IV, san Gregorio Nacianceno resumiría magníficamente este mismo pensamiento en su célebre frase: “Aquello que no es asumido, no es sanado” (paráfrasis de Carta a Cledonio, 101). Lo que este padre de la iglesia explica es que, a menos que Cristo haya sido verdaderamente Dios el Hijo encarnado, asumiendo sobre sí la naturaleza humana, la salvación del ser humano sería imposible.

Pero ¿por qué es esto tan importante? Porque la fe cristiana descansa sobre la premisa de que el ser humano caído es incapaz de salvarse a sí mismo: “todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro 3:23), siendo, como resultado, hechos enemigos de Dios por naturaleza y merecedores del juicio divino (cf. Ef 2:2-4). Entonces, la salvación del ser humano solo es posible como un movimiento de la gracia divina que alcanza la condición humana (cf. Ro 3:24; Jn 1:12-14; Ef 2:4, 8-9). La encarnación es el mecanismo —más aún, el único camino— por el cual esta gracia puede alcanzar a la humanidad. La redención es posible únicamente a través de Jesucristo, verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, quien, como hombre, puede representar a la humanidad ante la justicia de Dios, y, como Dios, puede vencer todas las deficiencias humanas.

Es con base en todo esto que regresamos a la Navidad. La celebración y conmemoración del nacimiento de Jesucristo va mucho más allá de una mera tradición. Como cristianos, es fundamental comprender la profundidad y la importancia del misterio de la encarnación: cuando Dios el Hijo asumió sobre sí la naturaleza humana, abriendo así el camino que lo conduciría a la cruz, el lugar donde finalmente la redención humana sería consumada.

Al celebrar la Navidad, celebramos la salvación de la humanidad. Celebramos el momento en que la gracia divina irrumpió en la historia humana, cuando Dios descendió entre los hombres con el propósito de llevar a la humanidad de regreso a una relación de comunión consigo mismo. Finalmente, el pesebre en Belén es la contracara perfecta de la cruz en el Gólgota: Dios se hizo hombre para redimir a la humanidad, naciendo como hombre, viviendo como hombre y, finalmente, muriendo como hombre. Al mismo tiempo, al ser Dios mismo encarnado, Jesús mostró la gracia divina a través de su vida y obtuvo la victoria que solo Dios podía lograr mediante la resurrección.

En esta Navidad, celebremos el regalo de la salvación: el regalo de la encarnación de Dios Hijo asumiendo sobre sí nuestra debilidad para otorgarnos redención.

Celebremos la gracia de Dios. ¡Feliz Navidad!

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