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Lo que el desierto nos enseña. Tres consejos para iniciar el 2026, segunda parte

En la primera parte reflexionamos sobre la importancia de no emprender proyectos sin Dios como nuestro guía. El desierto nos recordó que avanzar sin la presencia del Señor no solo es inútil, sino peligroso. En esta segunda entrega, el pueblo de Israel vuelve a enseñarnos dos lecciones igual de necesarias, especialmente cuando iniciamos un nuevo año, nuevos proyectos y nuevas responsabilidades.

Segundo consejo: No seamos estorbo para los demás

María y Aarón murmuran contra Moisés (Núm 12).

El segundo consejo surge de una escena profundamente triste. En Números 12, María y Aarón —hermanos de Moisés y líderes reconocidos del pueblo— murmuran contra él. El texto nos muestra cómo incluso personas llamadas por Dios pueden convertirse, por un momento, en obstáculo para el avance de su pueblo.

A primera vista, la excusa parece ser la esposa extranjera de Moisés. Sin embargo, el problema real es más profundo: los celos. María y Aarón cuestionan la autoridad que Dios ha concedido a Moisés y buscan colocarse a su mismo nivel. Aunque ambos eran líderes espirituales, no compartían la misma responsabilidad ni el mismo llamado específico que Dios había dado a Moisés.

Lo más revelador del relato es la actitud de Moisés. El texto lo describe como un hombre manso, que no se defiende a sí mismo, sino que confía plenamente en que Dios hará justicia.[1] Y así ocurre. María recibe el castigo, Aarón reconoce el pecado cometido y Moisés intercede por su hermana, rogando a Dios que la sane.

Sin embargo, el detalle más fuerte del pasaje suele pasar desapercibido: el pueblo no avanzó. Mientras María estuvo fuera del campamento, la marcha se detuvo. El pecado no quedó en el plano privado; afectó a toda la comunidad.

La murmuración de María y Aarón no solo dañó su relación con Dios y con Moisés, sino que frenó el avance del pueblo entero. El desierto nos recuerda aquí una verdad incómoda pero necesaria: nuestros pecados nunca son solo personales. Aun cuando creemos que ocurren “en secreto”, siempre afectan a otros. [2]

Cuando murmuramos, cuando permitimos que los celos, la amargura o la crítica destructiva se instalen en nuestro corazón, el daño se extiende. Se debilita el testimonio, se hiere la confianza y se retrasa el caminar de toda la comunidad.

El segundo consejo del desierto es claro y urgente: no seamos estorbo para los demás, y menos en el avance del pueblo de Dios.

Tercer consejo: Creamos las promesas de Dios

Caleb y Josué ante la tierra prometida (Núm 13-14).

El tercer consejo aparece inmediatamente después, en los capítulos 13 y 14 del libro de Números. Moisés envía doce hombres, uno por cada tribu, para reconocer la tierra que Dios había prometido entregarles. La misión era clara: observar la tierra, evaluar sus condiciones y traer un informe honesto.

El reporte inicial es alentador: la tierra es buena, fértil, una tierra que mana leche y miel. Sin embargo, el informe pronto cambia de tono. Diez de los espías se enfocan en la fortaleza de los habitantes, en las ciudades fortificadas y en el tamaño de los enemigos. Lo que Dios había prometido queda opacado por el miedo.

Solo Caleb —y luego Josué— se mantienen firmes. Caleb anima al pueblo y afirma con convicción que deben subir y tomar la tierra, porque podrán conquistarla. Su confianza no es ingenua ni irresponsable; está anclada en las promesas recientes de Dios, quien ya había asegurado que iría con ellos y que les entregaría esa tierra.

El desenlace es conocido: la incredulidad se propaga, el pueblo murmura contra Dios y la consecuencia es devastadora. Cuarenta años de desierto, una generación completa que no entra en la tierra prometida y la muerte de los espías que sembraron la rebelión.

Solo Caleb y Josué creyeron que, aun frente a gigantes y ciudades fortificadas, Dios cumpliría su palabra. Ellos entendieron algo fundamental: la promesa de Dios no es la ausencia de dificultades, sino su presencia fiel en medio de ellas.

La Escritura es consistente en este punto. El salmista lo expresa con claridad: aunque atravesemos valles oscuros, no estamos solos. Isaías recuerda que Dios acompaña a su pueblo en el fuego y en las aguas. Habacuc nos muestra una fe que se sostiene incluso cuando todo parece perdido. Y Jesús mismo promete estar con nosotros todos los días, hasta el fin.

Para seguir caminando

El recorrido del pueblo de Israel por el desierto nos ha recordado que avanzar no es lo mismo que caminar bien. En la primera reflexión vimos que no debemos emprender proyectos sin Dios como nuestro guía, porque movernos sin su presencia nos expone al desgaste y al extravío. Luego, el desierto nos confrontó con una verdad igualmente seria: nuestras actitudes pueden convertirse en estorbo para otros. Así como la murmuración de María y Aarón detuvo el avance del pueblo, el pecado, los celos y la crítica mal encaminada no solo afectan la vida personal, sino que tienen consecuencias comunitarias reales.

El desierto nos llama a creer las promesas de Dios aun cuando el camino se vuelve difícil. Caleb y Josué entendieron que la promesa no era la ausencia de gigantes, sino la certeza de que Dios iría con su pueblo. Iniciar un nuevo año no significa que no habrá desiertos, pero sí nos recuerda que no caminamos solos. Seguir caminando implica depender de Dios, cuidar el corazón para no ser tropiezo y confiar en que, aun en el valle, el Señor está presente y fiel a su palabra.

Finalmente, recordemos que iniciar un nuevo año no garantiza estabilidad, éxito inmediato ni ausencia de dolor. Pero sí nos recuerda una promesa firme: Dios está con nosotros. En los días buenos y en los difíciles. En la abundancia y en la escasez. En la salud y en la fragilidad. No solo en los momentos de celebración, sino también en los de aflicción.

Oh Señor, tú que nos restauras el año que devoraron las langostas, nos alegramos con los que se alegran: por los bebés nacidos, los proyectos concluidos, la ciencia descubierta, la creatividad desatada, los lazos de amistad profundizados y los actos de amor sacrificial compartidos; y te pedimos que decretes bondad en nuestras vidas más allá de aquello que podríamos pedir o imaginar, para que un nuevo canto de alabanza llene nuestros corazones en el año que viene. Oramos esto en el nombre de la Bondad misma. Amén.[3]


[1] Daniel Carro et al., Comentario bíblico Mundo Hispano: Levítico, Números, y Deuteronomio (El Paso: Mundo Hispano, 1993), 204.

[2] Raymond Brown, Números: El viaje hacia la tierra prometida, Comentario Antiguo Testamento Andamio (Grand Rapids: Andamio, 2010), 156.

[3] “Oración de víspera de año nuevo: Por las cosas buenas” escrita por W. David O. Taylor. Tomado de https://www.facebook.com/photo/?fbid=1188077193063144&set=pcb.1188077409729789

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