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El cristianismo suele ser criticado como una amenaza o un movimiento opresor hacia la mujer, cuando en realidad, en esencia, es todo lo contrario. Jesucristo rompió los moldes culturales y religiosos de su tiempo. En tiempos bíblicos, la filosofía, las leyes y las políticas grecorromanas eran patriarcales y hostiles hacia las mujeres. En el pueblo judío, la educación rabínica estaba restringida a los varones, el testimonio de las mujeres tenía menor peso en los tribunales y eran relegadas en la vida religiosa pública. En un escenario con estas características, las acciones y palabras de Jesús hacia las mujeres fueron contraculturales deliberadamente. En una época en la que las mujeres no tenían voz ni voto, Jesús no solo las escuchó y les dio valor, sino que también las hizo parte de su misión y su ministerio, y les dio visibilidad e importancia en lugares públicos. En el libro “Tras los pasos de Jesús”, muchas mujeres profundizan en los encuentros más significativos de Jesús y muestran cómo su visión de la mujer no hace más que evidenciar la visión que Dios siempre ha tenido de ellas.[1] No son meramente encuentros aislados con mujeres, sino un patrón intencional y profundamente teológico. La evidencia de esto se encuentra en los Evangelios, que, como bien dice Craig S. Keener,[2] son escritos confiables ya que se escribieron cuando los testigos oculares aún ocupaban lugares de autoridad en la iglesia. Las diferencias que encontramos entre los diálogos y palabras de Jesús en los Evangelios no son significativas.
El primer diálogo con una mujer que relata el Evangelio de Lucas es el intercambio del joven Jesús de 12 años con su mamá en el templo. En esta ocasión, Jesús le dice a su madre que él debe ocuparse de los asuntos de su Padre (Lc 2:48-49). Luego, en las bodas de Caná, es justamente la respuesta a su madre que da inicio a su revelación pública como el Mesías (Jn 2:3-5), lo cual también es importante en cuanto a su postura hacia las mujeres. Aún en agonía en la cruz, Jesús le confía a su madre a Juan, el discípulo amado como parte de su familia de la fe (Jn 19:26-27), lo cual muestra el cuidado de Jesús hacia ella y su preocupación por su bienestar. Además de honrarla y respetarla, Jesús a través de estas interacciones con María le da al vínculo materno un significado en función del Reino.
Por otro lado, hay otros encuentros y diálogos con mujeres que son insólitos para un rabino de su tiempo. Jesús fue intencional en discipular a las mujeres también. El diálogo con la mujer samaritana (Jn 4:1-43) es uno de los más largos registrados en los Evangelios, aun siendo ella desvalorizada culturalmente por ser mujer y por proceder de Samaria. Las mujeres en la época tenían poca importancia, pero una samaritana era considerada inferior y repugnante por los judíos. La postura de Jesús nos hace ver que él no se regía por las tradiciones judías. En el relato con la mujer sirofenicia/cananea persevera por la sanidad de su hija y recibe un elogio poco común: “Grande es tu fe” (Mt 15:21-28; Mc 7:24-30). A María, Jesús le dio derecho a escucharlo a sus pies (Lc 10:38-42), un lugar reservado exclusivamente para discípulos varones, y donde pudo conocerlo profundamente. Como señala Keener, esto es una acción deliberada de la inclusión de la mujer en el ministerio. Y Marta en el duelo por Lázaro tiene un diálogo en el que Jesús se le revela como la resurrección y la vida (Jn 11:21-27), la verdad central del Evangelio. En todos estos casos, las mujeres no son oyentes pasivas, sino interlocutoras activas de la revelación. Algunas, entre ellas María Magdalena, Juana y Susana (Lc 8:1-3), incluso compartieron su vida, sus recursos y compromiso con Jesús y su ministerio.
Algunas de las enseñanzas que Jesucristo dio a través de mujeres fueron en espacios públicos. En cada una de ellas, las mujeres son parte activa de la conversación. Cuando una mujer lo exalta en medio de una multitud, dirige la bendición hacia los que oyen y obedecen la palabra (Lc 11:27-28). Cuando la esposa de Zebedeo se dirige a él para pedirle que tuviera una consideración especial con sus hijos, da profecías sobre lo que les esperaba a sus seguidores y revela verdades del Reino de Dios en público, sobre la soberanía de Dios y el servicio en el Reino (Mt 20:20-23). También da una exhortación profética, llamando al arrepentimiento por lo que iba a suceder, cuando les habla a las mujeres de Jerusalén que lo seguían entre llanto y lamentos camino a la crucifixión (Lc 23:27-31).
En relatos de sanidades y milagros, también hay presencia femenina. La mujer del flujo de sangre (Mc 5:25-34) que era rechazada por ser considerada inmunda según la ley, es llamada “hija” por Jesús en público, en medio de una multitud. A la mujer encorvada la coloca en el centro de la sinagoga y la nombra “hija de Abraham” (Lc 13:10-17), un título de dignidad espiritual jamás dado a una mujer. A la viuda de Naín le dice: “No llores”, antes de devolverle a su hijo (Lc 7:11-17), lo cual apela a su seguridad y su honra en una cultura donde la viudez significaba vulnerabilidad extrema. A la suegra de Pedro la sana, tocando su mano (Mt 8:14) y ella se levanta y comienza a servirle. Y en la resurrección de la hija de Jairo, Jesús se dirige directamente a la niña diciéndole: “Talitha kum, levántate” (Mc 5:41). Todos estos relatos nos muestran que el Maestro dignifica cada vida, sin hacer excepciones por sexo o edad.
En cuanto a misericordia y perdón, Jesús tampoco hace distinción con las mujeres, mostrando una verdad teológica: Dios concede perdón a todo el que se arrepienta, sin acepción de personas. Existen registros de cómo Jesús extendió misericordia, dignificó y honró a mujeres que tenían conductas reprobables. En el encuentro con la mujer sorprendida en adulterio (Jn 8:1-11), una mujer que bajo la ley merecía ser condenada, es defendida y perdonada delante de todos. A la mujer pecadora que unge a Jesús en casa del fariseo (Lc 7:36-50), Jesús la defiende frente a la crítica, valida su fe y la despide en paz, lo cual era impensable entre los religiosos al tratar con una mujer de mala reputación. Y en Betania, defiende a la mujer que lo unge en una acción profética y declara que su gesto será recordado donde se predique el evangelio (Mc 14:6-9).
Como si lo anterior no fuera suficiente para dar un argumento, las mujeres también tuvieron un papel especial durante la Pascua y los últimos momentos de Jesús. Fueron de las pocas personas que acompañaron a Jesús hasta la cruz (Mt 27:55-56), siendo testigos de su amor hasta el final. Fueron las primeras en ver la resurrección (Lc 24:1-12), lo cual está registrado en todos los Evangelios. María Magdalena fue la primera en anunciar que Jesús está vivo (Jn 20:11–18), por comisión dada por Él mismo, en una cultura en la que el testimonio de la mujer no era valorado en tribunales. La elección de ellas como primeras testigos de la resurrección muestra que el Reino de Dios trasciende las limitaciones impuestas por la cultura.
Todos los encuentros descritos anteriormente nos permiten mapear la interacción de Jesús con el sexo femenino, y afirmar que no es errática, accidental ni decorativa en su ministerio y caminar en la tierra. Además, no podemos dejar de lado que Jesús usa figuras de mujeres en varias de sus enseñanzas en forma de parábolas, como en la de las diez vírgenes y la de la moneda perdida. Así que la conclusión es clara: cada una de estas mujeres forma parte de un argumento coherente. La interacción de Jesucristo con cada una fue intencional, mostrando que son parte fundamental del Reino, testigos confiables y discípulas fieles. El valor que Jesús le dio a la voz de la mujer se aplica dentro de nuestras iglesias: Él abrió el camino para nosotras. Para Jesús, el rol que podemos tener en el servicio, liderazgo y discipulado es importante. Él quiere que seamos parte de su ministerio y la mejor decisión que podemos tomar es caminar con Él. Reconocer el lugar esencial de la mujer en la misión no es concesión cultural del siglo XXI, sino fidelidad al modelo de Jesús.
[1] Jeanine Martínez, et al., Tras los pasos de Jesús: Mujeres en los tiempos del Mesías (Brentwood, B&H Español, 2025, versión Kindle), 12.
[2] Craig S. Keener, Comentario del Contexto Cultural de la Biblia: Nuevo Testamento (El Paso: Mundo Hispano, 2017), 32.
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