El encuentro con el Crucificado-Resucitado

En las iglesias tradicionales de América Latina hay una declaración muy conocida: “¿Quién vive? ¡Cristo! ¿Y a su nombre? ¡Gloria!”. Esta afirmación pretende enunciar una realidad, a saber, ¡Jesús vive! Lejos de ser solamente una eslogan vacío, esto se convierte en el eje central de nuestra vida, es una declaración de fe elemental.

En la Antigüedad, los filósofos griegos pretendían ver la muerte con el mejor tono y aspecto. Se decía que no había que temerle, porque ahí no existía el dolor, el cual generaba temor. Si una persona viva y consciente, que percibe, es capaz de sentir dolor (salvo los casos de insensibilidad congénita al dolor), entonces una persona que muere ya no lo sentirá. Claro, podemos emitir juicios sobre esta forma de pensar, pero no es el punto. El punto es, y si me lo permiten, más espiritual que eso, pero al mismo tiempo más carnal. Es ambos a la vez.

Para el ser humano, la comprensión sobre la vida y la muerte juega un papel fundamental. El hombre vive según las respuestas que busca y encuentra sobre este dilema. El ser humano necesita respuestas, al tiempo que necesita esperanza. A manera de respuesta, muchos han decidido omitir tales interrogantes bajo el mismo lema que se tenía en la iglesia de Corinto: “Comamos y bebamos que mañana moriremos”. Este lema fue reprendido por Pablo porque  implicaba la imposibilidad de la resurrección de Jesucristo. Hoy día podemos encontrar este supuesto cuando nos dicen que solo tenemos una vida y que la tenemos que vivir al máximo. Ambos lemas, el de Corinto y el moderno, tienen como propósito hacernos ver que cuando morimos ya no hay nada, no hay posibilidad de nada más.

Para el cristianismo, estos mensajes seculares y materialistas no tienen sentido ni nos proporcionan una salida espiritual, ética o esperanzadora ente el dilema de la vida y la muerte.  Para nosotros, la vida ejemplar, poderosa, justa y santa de nuestro Señor Jesucristo nos dice que, aun en medio de toda tormenta, él sigue estando presente así como lo estuvo hace dos mil años, y esto proporciona una saciedad tanto espiritual como intelectual ante estos dilemas.

Así nos lo recuerda la pintura Cristo en la tormenta en el mar de Galilea de Rembrandt. Muchos de nosotros estamos representados en este cuadro: unos sin dejar de ver la tormenta, otros viendo a Jesús, pero con su mente y temor puestos en la desesperanza. La vida es dura, pero algo debemos de aprender de esa narración, y qué mejor que meditarla a través de una pintura. Al verla, bien podremos escuchar las palabras de los discípulos: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!” (Mt 8:25), y también las de Jesús: “¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?” (v. 26). Jesús vive. ¿Cuáles son nuestras palabras hacia él en medio de la tormenta? ¿Cuál es su respuesta hacia nosotros? Nuestra vida es como ese hermoso cuadro de Rembrandt.

https://artsandculture.google.com/asset/christ-in-the-storm-on-the-sea-of-galilee

No solo es la vida ejemplar de Jesús la que trae esperanza y paz para nosotros. Su muerte es el cumplimiento de las promesas, el sacrificio por nosotros, el pago por nuestros pecados, y su resurrección es el poder sobre la muerte y la garantía de la vida. Esta abre posibilidades eternas, ya que nuestros pecados y fracasos, nuestro dolor y sufrimiento, nuestra vida y muerte, todo lo difuso, adquieren sentido. Todo sufrimiento recibe consuelo, tanto nuestras necesidades espirituales como nuestras inquietudes intelectuales, nada queda desperdiciado o frustrado. Recordando las palabras de Karl Barth: “Jesús vive. Es el crucificado por nosotros, el que nos ha puesto fin a nosotros (y por nosotros), pero que, en su resurrección, ha empezado en su persona con nosotros, de una vez por todas, algo nuevo, cerrándonos todas las posibilidades de retornar o de volvernos atrás…”.[1]

Cuando pensamos “Jesús vive”, ¿qué sentimos y pensamos? Cuando pensamos “Jesús vive”, ¿acaso desbordamos de amor hacia el Padre? Cuando pensamos “Jesús vive”, ¿acaso desbordamos de amor hacia el prójimo? Cuando pensamos “Jesús vive”, ¿acaso arde nuestro corazón?

Jesús vive, pero primero pasó por la cruz, por lo tanto, tomemos nuestra cruz. Jesús vive, pero antes resucitó de los muertos, por lo tanto, sigamos al Resucitado. El misterio pascual, hace poco más de dos mil años, trajo un sentido y transformó la muerte en vida,[2] vida que se revela en el encuentro con el Crucificado-Resucitado, encuentro que hace arder nuestros corazones, un ardor que desborda en alabanza y adoración.

Notemos que para nosotros el orden se invierte. Para Jesús primero fue la cruz y luego salió al encuentro de sus discípulos, en Emaús, donde les abrió las Escrituras e hizo arder sus corazones. Para nosotros primero es ese encuentro en Emaús, luego nuestro camino de cruz.

Nuestro encuentro en Emaús es el encuentro con el Crucificado-Resucitado, donde sale con los brazos abiertos, abiertos en señal de amor, abiertos en señal de perdón, abiertos en señal de redención, abiertos en señal de gracia y misericordia. Además, abre nuestros ojos con amor, para que apreciemos las maravillas de su obra y comprendamos esa verdad que ha llegado a nosotros en su revelación y por su Espíritu, por el cual, mantenemos viva, día a día, la expresión de los discípulos: “¿no ardía nuestro corazón?” (Lc 24:32).

Jesús, luego de salir a nuestro encuentro, nos dice que si queremos seguirle, necesitamos negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguirle (Lc 9:23). Nuestro camino es el camino de la cruz, donde renunciamos a nosotros, donde Dios, mediante el poder de su Santo Espíritu, obra y nos hace cada día a la estatura del varón perfecto, pero no solo como quien talla una estatua, también como quien dirige, como quien da instrucciones que seguimos y obedecemos. Transforma nuestro ser para que ahora vivamos, pensemos y amemos diferente. He ahí nuestra cruz, detrás de Cristo, en él y por él.  

En este mundo tendremos aflicciones (Jn 16:33) y la muerte llegará a su tiempo, pero el Crucificado-Resucitado, una vez más, saldrá a nuestro encuentro con los brazos abiertos; abiertos en señal de bienvenida, abiertos en señal de amor, abiertos en señal de resurrección (la suya y la nuestra), abiertos en señal de victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? (1 Co 15:55).

¡Jesús vive!


[1] Karl Barth, citado en Franco Giulio Brambilla: El Crucificado Resucitado (Sígueme, 2003), 15.

[2] Alexander Shmemann, ¿Dónde está, muerte, tu victoria? (Sígueme, 2020).

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