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¿Jesús marcharía en el 8M?: Una pregunta incómoda pero necesaria

Todos los años, el 8 de marzo provoca controversia, sentimientos y convicciones encontradas. Para algunas mujeres es un día para conmemorar y reconocer; para otras, es una oportunidad para alzar la voz frente a injusticias reales y, para otras, es un espacio difícil de habitar porque perciben que es un discurso que busca plantar ideologías que no siempre van acorde con su fe cristiana. En medio de todos estos temas y tensiones surge una gran pregunta que no resulta sencilla ni cómoda: ¿Jesús marcharía en el 8M?

No es una pregunta con respuesta a la ligera. No hay que imaginar a Jesús participando en un evento histórico concreto porque Jesús no vivió en el siglo XX, que fue cuando se declaró esta fecha. Es, más bien, un ejercicio de discernimiento espiritual. Más allá de la intriga por la respuesta a la pregunta, tengo una inquietud más profunda, una que la mayoría de los cristianos comparte: ¿qué haría Jesús? Pero la quisiera plantear desde otra perspectiva: ¿cómo nos llama Cristo a vivir y a responder hoy frente a un movimiento que surge del dolor, del clamor por justicia y dignidad, pero que también puede verse influido o dirigido por agendas que no siempre reflejan el corazón del reino de Dios?

Al plantear esta pregunta, quisiera invitarte a reflexionar con honestidad, fe y sensibilidad en lo que vamos a proponerte en lo que sigue del texto. A examinar no solo el movimiento, sino también nuestra manera de caminar como discípulos de Jesús en un mundo herido, donde la búsqueda de justicia se mezcla con la confusión, polarización y anhelo de redención y justicia social.

El 8M y la política del dolor

Regresemos un poco al origen (para profundizar en la historia del 8M y conocer más detalles, te invito a leer el artículo “Orígenes del 8M” de Lourdes Pérez).  El 8 de marzo fue reconocido oficialmente por las Naciones Unidas en 1977 como el Día Internacional de la Mujer. Originalmente, esta fecha buscaba recordar y honrar las luchas de mujeres que, a lo largo de la historia, alzaron la voz por derechos básicos, condiciones laborales justas y el reconocimiento de su dignidad en contextos sociales que las habían estado marginando y oprimiendo. Es ese anhelo por justicia y dignidad que no es ajeno al corazón de Dios, de quien sabemos que, desde la creación, afirma el valor intrínseco de cada persona.

Con el paso del tiempo, este día se convirtió en lo que hoy se conoce como el 8M, un movimiento de alcance global que, a través de marchas, manifestaciones y actos públicos, intenta visibilizar realidades que siguen siendo profundamente reales y dolorosas: la violencia contra la mujer, feminicidios, desigualdad económica y muchas formas de discriminación. Estas heridas no pueden ser ignoradas por la iglesia, porque el evangelio nos llama a ver, escuchar y responder al clamor de quienes sufren.

Sin embargo, una característica del 8M en su expresión contemporánea es el uso del dolor como motor de movilización política. La indignación, el cansancio y la rabia colectiva se transforman en discursos y proyectos sociales. Esto presenta una tensión que debe ser discernida con cuidado. Por un lado, este lenguaje del dolor logra visibilizar injusticias que durante mucho tiempo fueron ignoradas. Pero, por otro, existe el riesgo de que personas concretas, con historias, nombres y heridas reales, sean reducidas a símbolos de una causa, y que su sufrimiento termine siendo únicamente un instrumento para movilizar a masas y no para acompañar sus procesos de sanidad y restauración.

Esto no es algo nuevo. Hemos visto a lo largo de la historia cómo el dolor humano se ha utilizado repetidas veces como bandera de lucha. El problema surge cuando el sufrimiento deja de ser un lugar de compasión y se convierte en una herramienta. En ese punto, se corre el peligro de perder de vista lo más esencial: la dignidad única e irrepetible de cada ser humano.

Es aquí donde se hace necesaria una mirada cristiana madura. Como seguidores de Cristo, no podemos cerrar los ojos ante el dolor real de las mujeres ni minimizar sus experiencias. Pero tampoco estamos llamados a participar sin discernimiento en dinámicas que quieren manipular a través de ese dolor y lo utilizan para fines que no necesariamente conducen a la vida, reconciliación y verdadera justicia del reino de Dios.

El modo de Jesús frente al dolor humano

En los evangelios vemos que Jesús nunca ignoró el dolor ni lo utilizó como herramienta para un discurso ideológico. Siempre respondió al sufrimiento mirando primero a la persona, reconociendo su dignidad y ofreciendo redención donde el dolor parecía tener la última palabra. Cuando se encontró con la viuda de Naín, que llora la muerte de su único hijo (Lc 7:11-17), Jesús no la convirtió en un ejemplo abstracto ni en un símbolo de injusticia social. Se conmueve profundamente, se acerca con compasión y le devuelve a su hijo, restaurando no solo su alegría, sino también su futuro, su sustento y su lugar en la comunidad. Vemos una intervención concreta, personal y sanadora.

Más adelante, en el camino hacia la cruz, Jesús se detiene ante las mujeres de Jerusalén que lloran por él (Lc 23:27–31).  Reconoce lo real de su dolor, al mismo tiempo que nos da una visión más amplia del propósito de Dios. Las invita a discernir los tiempos que están por venir, transformando su llanto en una llamada a reflexión espiritual y esperanza más allá del momento inmediato.

Después de la resurrección, Jesús se encuentra con María Magdalena en el huerto (Jn 20:11–18). Ella lloraba creyendo que todo había terminado, Jesús no la reprende ni apresura su proceso; la llama por su nombre. Es un acto íntimo y personal, su dolor se convierte en gozo, y su duelo en misión: es enviada a anunciar la buena noticia de la resurrección.

Estos encuentros tienen un mismo patrón: Jesús no instrumentaliza el sufrimiento humano para impulsar causas ni proyectos de poder, pero tampoco lo minimiza o la espiritualiza superficialmente. Jesús se detiene, escucha, se acerca y transforma el dolor en un espacio donde puede nacer la esperanza nuevamente. En Cristo, el sufrimiento no es negado, sino redimido; no es explotado, sino sanado; no es el final de la historia, sino el lugar donde Dios comienza a obrar vida nueva.

¿Marcharía Jesús en el 8M?

Con estas escenas del evangelio en el corazón, volvemos a la pregunta que te tiene leyendo este blog: ¿marcharía Jesús en el 8M? Podemos afirmar que Jesús compartió la preocupación por la injusticia, la dignidad y la protección de las mujeres. Él mismo sanó cuerpos heridos, restauró identidades y defendió a mujeres marginadas, así que no podría permanecer indiferente frente a la violencia, el abuso o la discriminación que siguen marcando la vida de muchas mujeres. Sin embargo, es importante reconocer que el modo de Jesús no siempre coincide con las formas en que los humanos estamos acostumbrados a protestar. No lo vemos impulsado por la rabia descontrolada, violencia simbólica o incluso la polarización ideológica. Incluso, cuando actuó con firmeza, como en la purificación del templo, su celo brotó de un amor santo por la gloria de Dios y por el bien de las personas y no de una ira que divide o deshumaniza.

Jesús vino a abrir caminos de reconciliación y restauración. Por eso la pregunta no es si Jesús marcharía con pañuelos de colores, letreros y banderas. El desafío para nosotros es examinarnos y descubrir si realmente caminamos junto a Él en medio de cualquier causa que nos una. Seguir a Jesús implica examinar con cuidado qué prácticas, discursos e incluso actitudes reflejan el corazón de su reino y cuáles se alejan de su espíritu de verdad, amor y redención, aunque creamos que “la intención es lo que cuenta”. Así que, más allá de preguntarnos dónde estaría Jesús en una marcha, es preguntarnos si nuestras decisiones, palabras y acciones dan testimonio de su justicia que sana, libera y su amor que transforma.

Caminar al lado de Jesús

El ministerio de Jesús fue profundamente transformador. Dignificó a mujeres, confrontó estructuras injustas y abrió caminos de redención. La verdadera pregunta, entonces, no es si él marcharía, sino si nosotras lo seguimos en su manera de responder al dolor: abrazando con ternura, discerniendo con sabiduría y sirviendo con compasión. Porque caminar con Jesús implica aprender su manera de responder al dolor: reconocerlo sin negarlo, discernirlo sin instrumentalizarlo, rescatar lo que es bueno y verdadero, y sobre todo trabajar por una justicia que restaure en lugar de dividir.

El 8M nos muestra realidades que no pueden ser ignoradas ni minimizadas, todos estos problemas son reales y las mujeres sufren. Sin embargo, como cristianos nuestra esperanza no descansa en marchas o agendas políticas, sino en el reino de Dios que ya ha sido traído por medio de Cristo y que un día será consumado plenamente. En Jesús encontramos el modelo perfecto de justicia y dignidad humana.

Para concluir, entonces, la pregunta final no es si Jesús marcharía en el 8M, más bien es si nosotros caminamos a su lado cada día. Si caminamos siendo guiados por su Espíritu, defendiendo con amor aquello que él declaró justo, viviendo como sal y luz en medio de un mundo caído, herido, ofreciendo una esperanza que no grita posturas extremistas, sino que encarna el evangelio.

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