
La fe ¿don o mérito?
¿Es la fe un don divino o una decisión humana? Este artículo reflexiona sobre el equilibrio entre la gracia de Dios y la libertad del creyente al creer.

¿Es la fe un don divino o una decisión humana? Este artículo reflexiona sobre el equilibrio entre la gracia de Dios y la libertad del creyente al creer.

La encarnación es el corazón de la Navidad: Dios descendió a la humanidad en Cristo, abriendo el camino de la salvación y revelando la gracia que transforma la historia.

Savior of the World (2019) reconsidera el Evangelio de Juan, mostrando a Jesús como una figura universal. Juan lo presenta como el judío de Nazaret, el Salvador del mundo, enviado de Dios para traer luz a un universo de oscuridad y ofrecer amor a todos.

A 505 años de la reforma protestante: Con el pasar del tiempo, la Reforma Protestante trajo consigo una brisa fresca de libertad de conciencia y acceso directo a la Palabra de Dios. Lo que se vio reflejado en el desarrollo de una visión bíblica: del trabajo, de las ciencias, de la educación, de la supremacía de la ley, del servicio público y la división de poderes, de los bienes materiales e inclusive del arte.

El Salmo 80 nos debe hacer pensar que la manifestación de la presencia de Dios y su omnipresencia no son lo mismo. Dios está presente, aunque no se lo pueda percibir. Su “guía” (1), “salvación” (3, 7, 19), “cuidado” (14), “apoyo” (17) en la vida del creyente no dependen de grandes despliegues de poder.

Mucha gente se acerca a Jesús por diversas razones: para recibir un milagro, para pedir perdón, para obtener algún beneficio, para experimentar el amor o para conocerlo. Quizás nuestro acercamiento no siempre tenga las mejores motivaciones o intenciones, pero de algo podemos estar seguros: Jesús transformará nuestro encuentro con él y hará algo distinto y mejor.

El gesto de Dios es el de perdonar y de amar la vida oscura de Caín, porque Dios no se rige bajo el signo del hermano asesino, sino bajo el signo del amor, del perdón y la vida.

Como cristianos salvados y llamados a formar parte del cuerpo de Cristo debemos vivir como dignos discípulos, muriendo a los deseos de nuestra carne todos los días y siendo agradecidos por la maravillosa bondad de Dios.

Dios nos impulsa a ser la luz de este mundo. Nuestras buenas acciones tienen que brillar a la vista de todos, para que ellos alaben al Padre que está en el cielo (Mt 5:14-16). Decidir aislar la fe de las obras da como resultado una forma muy egoísta de vivir.