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Es cierto que las personas poseemos también, como la mayoría de los animales, comportamientos instintivos. Todos sabemos lo que se siente hacia los hijos (el instinto maternal o paternal), lo que es el instinto sexual, el instinto de buscar comida, o el instinto gregario de anhelar la compañía de otras personas y ayudarlas. Este último instinto puede hacernos sentir el deseo de ayudar a otras personas, pero sentir este deseo solidario es muy distinto de sentir que uno debería ayudar lo quiera o no.
Esa cosa es la ley moral universal. No se trata de ningún instinto o conjunto de instintos. Es algo que está por encima de nuestros instintos, que los dirige y controla, con el fin de que nuestra conducta sea moralmente adecuada o bondadosa. Por tanto, desde la perspectiva de C. S. Lewis, hay una moralidad universal objetiva que requiere la existencia de un legislador moral universal que, por su propia naturaleza, es absolutamente bueno. Y esto nos lleva, finalmente, al núcleo del argumento moral.
Si Dios no existe, los valores y deberes morales objetivos tampoco existen. El ateísmo no ofrece un fundamento sólido para explicar la realidad moral que experimentamos en el mundo. Pero, tal como podemos experimentar a diario, los valores morales sí existen; por lo tanto, Dios también tiene que existir.
Podemos, por tanto, llegar a las siguientes conclusiones:
Y la respuesta a aquella antigua cuestión, formulada por los filósofos griegos, llamada el «dilema de Eutifrón» (del diálogo de Platón) que rezaba así: «¿Algo es bueno porque Dios lo desea, o Dios lo desea porque es bueno?», sería: «ninguna de las dos», ya que la respuesta correcta es, más bien, «Dios desea algo porque Él es bueno».
Tal como oró Ezequías: «Jehová, que es bueno, sea propicio a todo aquel que ha preparado su corazón para buscar a Dios» (2 Cr 30:18).
De manera que, después de escudriñar todos los argumentos anteriores, llegamos a la conclusión de que el zapato de cristal, que se mencionaba al principio, encaja perfectamente en el pie del Dios creador, sabio y misericordioso, que se manifiesta en la Biblia.
* Este artículo ha sido publicado en este blog con permiso del autor. Su versión original fue publicada en Protestante Digital el 20 de octubre de 2019.
[1] Lewis, C. S. 1995, Mero cristianismo, Rialp, Madrid, p. 28.
Durante mucho tiempo, tanto en círculos cristianos como en el ámbito secular, el auge de los videojuegos ha sido recibido con preocupación. Con frecuencia se ha advertido que fomentan el