
¿Jerusalén o Atenas? La tarea de pensar a Dios
El cristianismo no elimina el ejercicio filosófico, sino que lo intensifica a la luz de la Revelación, pues, mientras más se teologiza, más se filosofa.

El cristianismo no elimina el ejercicio filosófico, sino que lo intensifica a la luz de la Revelación, pues, mientras más se teologiza, más se filosofa.

La reforma protestante es el eterno retorno de los espíritus libres, de los herejes por la causa de la verdad, de la fe ante la razón, de la Palabra contra las interpretaciones y del hombre ante Dios.

A 505 años de la reforma protestante: Con el pasar del tiempo, la Reforma Protestante trajo consigo una brisa fresca de libertad de conciencia y acceso directo a la Palabra de Dios. Lo que se vio reflejado en el desarrollo de una visión bíblica: del trabajo, de las ciencias, de la educación, de la supremacía de la ley, del servicio público y la división de poderes, de los bienes materiales e inclusive del arte.

El que lee, piensa. El que piensa, pregunta. El que pregunta, aprende.
El que aprende, enseña.

La oración es un diálogo franco y sincero con nuestro Padre Celestial, es la expresión más viva de la relación que el creyente puede tener con Dios y por ello, como sostiene R. C. Sproul, “cuanto más entendemos la soberanía de Dios, nuestras oraciones son llenadas con agradecimiento.

No podemos olvidar que la esencia de nuestra moral se fundamenta en esa Revelación divina. Por tanto, estudie, enseñe y viva la Palabra de Dios como base de su disciplina espiritual.

La ira puede destruir la comunicación, romper las relaciones y arruinar tanto el gozo como la salud de muchos. Lamentablemente tenemos la tendencia de justificar la ira, en vez de aceptar nuestra responsabilidad.

La persona que participa del reino es la que sabe que en sí misma no hay nada; ni su propia vida como tal tiene valor para gozar del reino inaugurado por Jesús. Es aquí donde está la gran paradoja del reino… el que no tiene nada, le pertenece todo.

El Salmo 80 nos debe hacer pensar que la manifestación de la presencia de Dios y su omnipresencia no son lo mismo. Dios está presente, aunque no se lo pueda percibir. Su “guía” (1), “salvación” (3, 7, 19), “cuidado” (14), “apoyo” (17) en la vida del creyente no dependen de grandes despliegues de poder.

Gracias te doy, madre, porque no me abortaste, por llevarme en tu seno como en una carroza, por haberme parido entre risas y lágrimas, por mecerme la cuna invocando a mi sueño, por ponerme la luna tan cerca de las manos que pudiera tocarla y hasta jugar con ella.

Nuestras creencias van más allá de un cuerpo clavado en una cruz, un símbolo de tragedia. Nuestra fe hace nido en una tumba vacía, un símbolo de asombro, certeza y de alegría. La tumba no pudo retener a Cristo. Ese lugar quedó vacío y nos trajo la esperanza que toda tragedia que vivimos será convertida en gozo.

Cuando pensamos “Jesús vive”, ¿qué sentimos y pensamos? Cuando pensamos “Jesús vive”, ¿acaso desbordamos de amor hacia el Padre? Cuando pensamos “Jesús vive”, ¿acaso desbordamos de amor hacia el prójimo? Cuando pensamos “Jesús vive”, ¿acaso arde nuestro corazón?