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No conozco a muchas personas a las que no les guste la Navidad. De hecho, cuesta imaginar que alguien no disfrute de esta celebración. Al fin y al cabo, y como cantaría Andy Williams, ¿no es “la época más maravillosa del año”?
Sin embargo, cuando nos encontramos con personas que no disfrutan la Navidad, quizá no se trate de un rechazo directo. A veces, simplemente no logran conectar con todo lo que suele rodearla: las luces por todas partes, la decoración que aparece en cada esquina, el bullicio constante o incluso la sensación de ver a otros celebrar mientras ellos cargan con su propia soledad.
La Navidad suele llegar de forma abrupta. De un día para otro aparece diciembre y, con él, una serie de comidas familiares, eventos en la iglesia, cenas de trabajo, compromisos y más compromisos. Todo ocurre de golpe y, aunque tratamos de mantener el ritmo, muchas veces terminamos moviéndonos casi en automático, atrapados en la rutina sin darnos cuenta.
En medio de ese flujo constante, vale la pena preguntarnos: ¿nos estamos deteniendo a contemplar lo que sucede a nuestro alrededor? ¿Recordamos realmente qué celebramos? ¿O simplemente nos dejamos arrastrar por la corriente de la cultura del consumo, sin espacio para la reflexión, la gratitud o la esperanza?
Más allá del ruido, siento que la Navidad nos ofrece una oportunidad distinta: la oportunidad de repensar la fe. Tanto el creyente como el ateo pueden acercarse a la historia de la encarnación y encontrar allí un punto de encuentro, una invitación a considerar lo inesperado del Dios cristiano y su deseo de acercarse a la vida humana. La encarnación es ese momento en el que la historia dicta sentencia a la soledad: Dios se acerca más que nunca al ser humano.
De una forma sorprendente, el Salvador del mundo elige venir como un bebé. Se deja abrazar y, al mismo tiempo, abraza a los desamparados, a los olvidados, a quienes no encuentran su lugar. Viene con un propósito claro: rescatarnos de “este presente mundo malo” (Gá 1:4). Dios entra en nuestra historia para que nosotros podamos comenzar una historia nueva. En el nacimiento de Jesús, Dios se hace cercano para que el ser humano pueda nacer de nuevo.
En Navidad, así como Cristo se encarnó en la historia humana, quizá nosotros también estamos llamados a reflejar esa misma esperanza que un día brilló en el rostro de un bebé hace dos mil años; esa esperanza que, sin necesidad de palabras, declara lo siguiente: “No están solos”.
En un tiempo en que muchos sonríen, pero no todos encuentran compañía, la Navidad nos recuerda que la fe no se vive a distancia. Si Dios decidió acercarse, nosotros no podemos permitirnos vivir separados del dolor ajeno. Que esta temporada nos impulse a acompañar a quienes se sienten solos, a escuchar sin prisa, a abrazar sin miedo y a mostrar con hechos la esperanza que decimos creer. Que vivamos una fe que transforme no solo nuestro interior, sino también la vida de quienes nos rodean. Porque cuando caminamos junto a otros, la encarnación sigue tomando forma en nuestro mundo.
Durante mucho tiempo, tanto en círculos cristianos como en el ámbito secular, el auge de los videojuegos ha sido recibido con preocupación. Con frecuencia se ha advertido que fomentan el