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¿Por qué Jesús debía morir en la cruz?

¿Por qué Jesús tuvo que morir en la cruz? ¿Por qué esa manera de morir y no otra? Recientemente tuve una interesante conversación con un amigo con grandes inquietudes. Una de sus preguntas me tomó por sorpresa. Algunas de las ideas aquí detalladas las recordaba, pero otras tuvieron que venir de a poco. Fue un diálogo con muchos aprendizajes y considero útil escribir las siguientes líneas, pensando en aquellas personas que se hacen la misma pregunta, especialmente en estas fechas tan importantes.

¿Por qué la cruz? La pregunta no es menor. En la antigüedad, existieron muchas, variadas y crueles maneras de aplicar la pena de muerte. En el Nuevo Testamento podemos leer los casos de Juan el Bautista, decapitado en la cárcel (Mt 14:10); el de Jacobo, muerto a espada (Hch 12:2); y el de Esteban, apedreado (Hch 7:60). Este último debe ser diferenciado de los anteriores ya que quienes la llevaron a cabo no eran oficiales romanos ni guardias reales. En algunos casos, el poder romano consintió con ese tipo de ejecuciones a manos de los judíos, pero el apedreamiento, en definitiva, no era un método usual dentro del Imperio. En Roma, por el contrario, las ejecuciones “honorables” eran bajo la espada. Un ciudadano romano tenía garantía de un trato honroso, a diferencia de los esclavos y extranjeros (comparar con el reclamo de Pablo en Hch 22:27-29). Para aquellos con menos derechos, existían otros métodos de ejecución, tales como los que ocurrían dentro de los sitios de espectáculos, donde los condenados podrían ser las víctimas de seres humanos o bestias salvajes.

En el Antiguo Testamento podemos ver otros métodos de ejecución practicados, aparte del ya mencionado apedreamiento (método de ejecución usual en el Pentateuco). Un ejemplo se encuentra en el relato de Ester, donde el empalamiento era la práctica común. En las referencias a la ejecución en dicho libro, la versión Nueva Traducción Viviente traduce (a mi modo de ver, adecuadamente) “atravesar” o “empalar” en vez de “colgar” (como lo traduce la Reina Valera 1960, y muchas otras versiones) el método practicado por los gobernados por Asuero. La evidencia histórica pareciera indicar que Amán, el que deseaba exterminar a los judíos, terminó empalado en un poste que ideó para su enemigo hebreo.

¿Cuál es, entonces, el trasfondo de la crucifixión, existiendo en aquella época tan numerosas y variadas maneras de llevar a cabo la pena capital? En las siguientes líneas examinaremos y buscaremos entender lo que existió detrás del método de la muerte del Salvador, tanto en sus razones históricas, como sus implicaciones teológicas. Quizá esto nos permitirá dimensionar de mejor manera su sacrificio salvífico y su resurrección victoriosa que nos dan vida, esperanza y reconciliación.

Hay cuatro razones, a mi parecer, que explican de manera resumida (y no exhaustiva) el porqué del método de ejecución del Nazareno: 1) el carácter público de la crucifixión, 2) la impronta del poder romano en su realización, 3) la maldición puesta sobre el colgado en el madero y 4) el oprobio al que era sometido el condenado a la cruz.

La primera de las razones es el carácter público de la crucifixión. La muerte en la cruz era de carácter público, y cualquiera que así lo deseara podría salir a las afueras de la ciudad a observar al condenado. La crucifixión tenía como propósito claro el lanzar un mensaje de advertencia a cualquier revolucionario, sedicioso, ladrón o criminal. El miedo y el terror que provocaba ver morir poco a poco al condenado y ver su cuerpo expuesto durante un tiempo tan prolongado, tenían como propósito generar una reacción inconsciente en los observadores. La sujeción al poder romano estaba así garantizada. Es por eso que las ejecuciones debían ser lo más públicas posible. Las zonas concurridas fuera de la ciudad, las intersecciones de caminos transitados, o los costados de alguna famosa calzada romana, eran sitios donde se colocaba a los ejecutados.

Pero aquello que el poder romano deseó para mal, Dios lo transformó. Nadie podría decir jamás que la muerte de Jesús fue fingida, o que escapó de prisión, o que su cuerpo flagelado no fue atravesado por clavos. Sí, hubo cuestionamientos respecto a su resurrección posteriormente (Mt 28:13), pero nadie nunca dudó de que había sufrido en el madero. Pablo retoma esa realidad en Colosenses, y menciona que la victoria de Cristo fue pública, ya que había exhibido “públicamente” a los principados y potestades, triunfando en la cruz (Col 2:15). En otras palabras, la victoria total de Cristo se benefició del aspecto público de la cruz. Una ejecución en prisión, como la de Jacobo o Juan el Bautista, no habría sido salvífica en ese sentido. Y el único método de ejecución público, humillante y aleccionador por excelencia en la Judea dominada por el Imperio no era otro que el de la crucifixión.

La segunda razón por la cual el Cristo debía padecer en la cruz tiene que ver con su victoria sobre todo poder humano y político. Así como anteriormente discutimos el impacto público de la cruz, otra esfera importante de dicho método de ejecución tenía que ver con el mensaje claro del poder imperial. Un crucificado debía ser protegido por soldados romanos, ya que amigos, correligionarios o familiares podrían intentar la gesta de su rescate, y salvar al condenado. Un soldado no podría solo. Se requería de varios soldados para vigilar el proceso de ejecución, lo que implicaba recursos, disciplina y el contar con la disponibilidad del recurso militar para dicho efecto. No solo eso, sino que, en ciertos casos, la cantidad de víctimas requirió un esfuerzo titánico. Tras la fallida, pero larga rebelión del gladiador Espartaco en el 73-71 a.C., los relatos de la época reportaron que Craso crucificó a 6.000 esclavos sublevados a lo largo de la famosa vía Apia.[1] Roma habló fuerte y claro: nadie podía atentar contra su poder. Roma no solo tenía poder sobre la vida y la muerte, también tenía poder sobre la muerte larga y humillante; nada había que hacer más que postrarse ante el águila dorada y aceptar su dominio.

¿Qué esperanza tenían aquellos asesinados por el poderoso? ¿En dónde habría valor para plantar cara ante la fuerza bruta que aplasta todo a su paso? Solo el Salvador muerto en el madero, con el sello imperial por excelencia encima de su cabeza, podría desafiar ese poder aparentemente invencible. Gracias a la muerte en la cruz, la humanidad puede plantar la cara ante todo sistema que oprima, ante todo ser humano que se declare dios y ante toda ideología que reduzca, minimice e invisibilice al prójimo. En la cruz se derrotó a la ley del más fuerte, al abuso de la mayoría sobre la minoría, y toda persona en angustia puede ver en el madero a la fuente de esperanza. Pero también, todo gobierno abusador, toda oligarquía rapaz y violenta, ve en la cruz la proclamación de su juicio y castigo. Y finalmente, en la cruz se proclama la justicia escatológica y cósmica que fue proclamada ese fatídico viernes. Mediante la subsecuente resurrección, se señala a todo poder humano y se le anuncia que sus días están contados, y que un día habrá de rendir cuentas. Sí, mediante la cruz todo poder queda expuesto y derrotado.

La tercera razón tiene que ver con otro conocido pasaje del apóstol Pablo. Para entenderlo, permítaseme una breve digresión. En el Antiguo Testamento, existían reglas claras respecto a las personas que eran colgadas como escarnio público. Dichas personas (previamente ejecutadas) eran puestas a la vista del pueblo, y quedaban colgados como clara advertencia. El libro de Deuteronomio sancionaba esa práctica con una clara instrucción: el condenado no debía pasar la noche sobre el madero, ya que “maldito por Dios es el colgado”[2] (Dt 21:23). El apóstol Pablo retomó ese pasaje al explicar la relación entre el sacrificio de Cristo y la maldición de la ley. Cristo, comentó, se hizo maldición por nosotros, ya que “escrito está: Maldito todo el que es colgado de un madero” (Gá 3:13).

La salvación ofrecida por Cristo debía ser en un madero, para hacerse maldición por nosotros. Ese fue el amor del Redentor. No podía ser de otra manera, no podía ser otro método, no podía ser otro sufrimiento: debía ser la cruz. Jesús ahí cumplió la Escritura, y el que “no conoció pecado, por nosotros se hizo pecado” (2 Co 5:21). Fue ahí en la cruz que Jesús cumplió la ley, y se hizo pecado y maldición por nosotros. Debía ser en el madero; debía ser en una cruz.

Finalmente, el cuarto motivo se relaciona con el oprobio. El diccionario de la Real Academia Española lo define como: “ignominia, afrenta, deshonra”.[3] Entiendo que palabras como “ignominia” no forman ya parte del vocabulario de muchos de nosotros, pero en algunos casos ciertos conceptos no logran captar la esencia de una idea más que este tipo de palabras rocambolescas. La ignominia es la afrenta pública,[4] aquello que sería en extremo vergonzoso. Es decir, el oprobio al que fue sujeto el salvador tiene implicaciones de afrenta y vergüenza pública, deshonra e injuria.

La vergüenza y burla comenzaron desde que los soldados se mofaron del verdadero Rey, y le pusieron una corona de espinas, en una irónica escena en la que lastimaban el rostro de aquel que daría su vida por salvarles (Mt 27:29-31). El propósito era unívoco, no solo debían ejecutarle, sino también burlarse y humillar al condenado.

Al llegar a la cruz, sabemos que los soldados echaron suertes sobre la ropa del Salvador (Mt 27:35), y sabemos que muchos le injuriaban mientras colgaba de la cruz (Lc 23:35-38). Esas injurias eran movidas por ver a quien otrora parecía un profeta elegido, con multitudes a su alrededor, ahora indefenso, frágil, maniatado y vulnerable. Esa situación era agravada por la desnudez. No sabemos si su desnudez era parcial o total. Lo que sí sabemos es que, en la época, los romanos acostumbraban a desnudar por completo a sus víctimas.[5] Los crucificados debían sufrir la humillación y oprobio que conllevaba el quedar expuesto ante todos. La posibilidad de imaginar al Salvador en esa condición es chocante, y con justa razón. Dicha posibilidad de ninguna manera conlleva morbo por mi parte, todo lo contrario. Si el Salvador colgó sin ninguna ropa, entendería su acto salvífico con aún más gloria: el quedar expuesto era parte integral de su victoria sobre la humillación y degradación a la que querían exponerle. Si dicha desnudez no fue total, el efecto sería semejante a una desnudez parcial. Ver ahí con apenas ropa, y con mucha sangre a quien las multitudes hacía poco proclamaban “el hijo de David…bendito el que viene en el nombre del Señor” (Mt 21:9), tenía que provocar espanto y conmoción.

Pero sea como haya sido, podemos concluir que en el sitio en donde se deseó denigrar al Otro, al Salvador, la humillación sufrió la mayor derrota. El Salvador había pasado también por el oprobio. El escritor de Hebreos retoma la escena y comenta “puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios” (Heb 12:2).

La cruz en sí misma implicaba oprobio y vergüenza. Una de las primeras referencias que tenemos disponibles, enlazando la crucifixión con la fe cristiana es, precisamente, una burla a la fe cristiana. En el grafito de Alexámeno,[6] se muestra a un hombre adorando a un asno en una cruz. Para el autor de tal sacrílega burla no podía caber en la lógica cabal el pensar que un dios podía estar colgado en un madero: era inconcebible. La muerte en la cruz era ignominiosa; vergonzosa. Por eso la burla, por eso el insulto. Un verdadero dios no podía morir, y menos en una cruz.

En ese madero quedó derrotado el oprobio al que quisieron someter al Salvador. Al sufrirlo, al encarnar ese oprobio y demostrar su derrota por medio de la resurrección, Jesús despojó a la vergüenza de todo poder. Vuelvo al texto anteriormente citado de Col 2:15, en donde se nos recuerda que Jesús “(los) exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz”. Lo que intentaba ser oprobio para Jesús, fue la derrota de esos poderes. La victoria de Jesús los expuso. Esos poderes intentaron exponerlo y avergonzarlo; pero mediante su sacrificio, pasó precisamente lo opuesto. Esto no pudo haber ocurrido de otra manera, debía ser mediante la cruz.

Y podría seguir, podríamos hablar de la manera en que la cruz podía ejemplificar al “muerto-en-vida” que ha tomado su cruz para seguir a Jesús y muchas otras implicaciones más. Pero creo que estas cuatro razones resumen de manera clara y sucinta que no podía ser de otra manera. Tenía que ser en la cruz. Debía serlo para proclamar públicamente la muerte del Cristo, para aplastar con ello la aparente invencibilidad del poder romano, para ser maldición y pecado por amor a nosotros, y para derrotar al oprobio y vergüenza a la que se intentaba exponerle.

Así es, debía ser el madero. Debía ser Emanuel. Debía ser por amor. Debía morir y resucitar. Debía ser en el instrumento más cruel, salvaje, opresor, humillante, maldito y despiadado. Debía ser en la cruz, para que, en aquella cruz, naciera la vida, esperanza y salvación para la humanidad.


[1] Francesc Cervera, “Así fue el fin de Espartaco, el gladiador que desafió a Roma”, (09 de diciembre de 2025), https://historia.nationalgeographic.com.es/a/fin-espartaco-gladiador-que-desafio-a-roma_25072 .

[2] Las citas bíblicas en este artículo serán tomadas de la versión RV60.

[3] “Oprobio”, Diccionario de la Real Academia Española, https://dle.rae.es/oprobio.

[4] “Ignominia”, Diccionario de la Real Academia Española, https://dle.rae.es/ignominia?m=form.

[5] Martin Hengel trata este tema en su libro Crucifixion. Si bien es cierto que no existe un consenso histórico, la mayoría de los estudiosos concuerda que la práctica romana era desnudar al ejecutado para maximizar la vergüenza y oprobio. El hecho de si el Salvador fue exento de este oprobio o no, queda fuera de nuestro alcance y conocimiento.

[6] Álvaro Serrano Bayán, “Alexámenos y el primer meme anticristiano de la historia”, (31 de enero de 2026), https://revistaecclesia.es/alexamenos-y-el-primer-meme-anticristiano-de-la-historia/. 

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