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La teología como un viaje: hacia un método teológico desde la Odisea, parte 2

Este es el segundo artículo de la serie «La teología como un viaje», en la que estamos estudiando el quehacer del teólogo y el de cualquier persona que busca estudiar las Escrituras y reflexionar sobre la fe de manera consciente y seria, comparándolo con la travesía de Odiseo. Esta segunda entrega se concentra en las diferentes fuentes de la teología y su función en el proceso de hacer teología. Si todavía no has leído el primer artículo de esta serie, te invitamos a hacerlo aquí.

Entre sirenas y monstruos: navegar sin perder el rumbo

El canto de las sirenas: cuando muchas voces hablan a la vez

En la Odisea, el canto de las sirenas atrae a los navegantes. Por esta razón, al acercarse a ellas, los navegantes ponían cera en sus oídos para no escuchar su canto. Algo semejante puede ocurrir al hacer teología. Las distintas disciplinas y perspectivas pueden ampliar nuestra comprensión, plantear nuevas preguntas y ayudarnos a interpretar nuestro mundo. Pero ninguna debe convertirse automáticamente en la medida definitiva de la verdad teológica.

Una de las primeras tareas metodológicas al hacer teología consiste en distinguir entre aquello que posee autoridad normativa y aquello que funciona como recurso para la reflexión. La Escritura necesita ser interpretada, y esa interpretación considera su contexto literario, histórico y teológico. Reconocer la autoridad de la Escritura no significa reducir la teología a reunir versículos y trasladarlos directamente a cualquier situación. La interpretación ocurre siempre dentro de las circunstancias de las personas. David Clark lo explica así: «Un teólogo no puede simplemente colocar los hechos bíblicos unos junto a otros en su relación aparentemente correcta, tal como sugiere el modelo de la ciencia inductiva».[1] El riesgo no está en tomar la Biblia seriamente, sino en reducirla a un conjunto de afirmaciones que pueden utilizarse sin considerar su contexto.

La Iglesia no comienza a pensar teológicamente con cada nueva generación. Existe una historia de concilios, confesiones e interpretaciones que constituyen su memoria. La tradición permite conocer cómo otros cristianos enfrentaron preguntas semejantes y reconocer errores del pasado. Pero esta memoria puede convertirse en tradicionalismo cuando sus formulaciones históricas adquieren una autoridad que ya no admite revisión. Su valor está en permitirnos dialogar con el pasado sin quedar prisioneros de él.

La experiencia también tiene un lugar significativo. La fe es vivida por personas concretas, dentro de comunidades concretas y en circunstancias concretas. La experiencia ayuda a mostrar dónde y cómo determinadas cuestiones teológicas adquieren relevancia. Pero también necesita ser examinada, porque una experiencia personal puede ser profunda y significativa sin convertirse por ello en un criterio universal de verdad. Cuando la experiencia individual se transforma en la medida definitiva de lo que debe creerse, aparece el riesgo del subjetivismo.

El contexto cumple una función similar, ya que ayuda a responder desde dónde y para quién hacemos teología. Las preguntas que preocupan a una comunidad latinoamericana del siglo XXI no son iguales a las que enfrentó la Iglesia medieval europea o una comunidad cristiana del primer siglo. El contexto, por tanto, no es un elemento que deba eliminarse para alcanzar una supuesta neutralidad. Es parte de la realidad desde la cual el teólogo piensa.[2] El peligro aparece cuando el contexto deja de plantear preguntas y comienza a determinar por completo las respuestas.

Esta propuesta guarda cierta relación con el llamado «Cuadrilátero wesleyano». La Escritura, la tradición, la razón y la experiencia aparecen allí como dimensiones relacionadas de la reflexión teológica. La utilidad de este modelo está en mostrar que la teología difícilmente puede reducirse a una sola dimensión. Estas dimensiones no tienen que entenderse como cuatro autoridades equivalentes. La cuestión no es ponerlas a votación para decidir qué debe creer la Iglesia, sino reconocer qué función cumple cada una dentro del proceso.

Es mejor hablar de una jerarquía de funciones que de una simple lista de fuentes. La Escritura tiene una función normativa que no poseen la tradición, la razón, la experiencia o el contexto. Estas últimas ayudan a formular preguntas, comprender problemas, interpretar, evaluar consecuencias y comunicar la fe. No son ni irrelevantes ni meramente decorativas, pero tampoco tienen la misma función normativa que las Escrituras. El problema no es que existan muchas voces; el problema comienza cuando olvidamos cuál debe determinar el rumbo.

Atado al mástil: la Escritura como brújula del viaje

Odiseo sabe que no puede simplemente ignorar el canto de las sirenas. Quiere escucharlo, pero sabe que hacerlo sin ningún límite pondría en peligro el viaje. Por eso, ordena a sus compañeros que lo aten al mástil mientras ellos mantienen el rumbo. La escena ofrece una imagen adecuada para pensar los límites metodológicos de la teología. La centralidad normativa de la Escritura funciona como ese punto de sujeción. No significa cerrar los oídos ante la filosofía, la ciencia, la historia o la cultura. Significa escucharlas sin permitir que alguna de ellas determine por sí sola el contenido fundamental de la fe.

Hablar de la prioridad de la Escritura requiere, sin embargo, distinguir Sola Scriptura de una especie de nuda Scriptura. El creyente no puede interpretar la Biblia sin tradición, sin comunidad, sin conocimiento histórico y sin herramientas racionales. Una lectura así sería difícil de sostener en la práctica, porque toda interpretación ocurre dentro de algún contexto y utiliza determinados presupuestos. Incluso quien afirma leer solamente la Biblia lo hace desde una lengua, una cultura, una tradición eclesial y una determinada historia de interpretación. La autoridad de la Escritura no elimina la hermenéutica; la hace todavía más importante. El texto debe ser leído teniendo en cuenta su contexto completo. Kevin Vanhoozer sostiene que «Toda exposición de la naturaleza de la doctrina debe explicar su relación con la Biblia».[3] Y esa es la forma de participar en ese drama de acción comunicativa de parte de Dios.

También la tradición puede funcionar como compañera de viaje. Los credos, confesiones, interpretaciones de los Padres y debates históricos, aunque no determinan por sí solos el destino, ayudan a reconocer caminos que ya fueron recorridos. Ignorarlos obligaría al teólogo a redescubrir constantemente problemas que la Iglesia lleva siglos discutiendo. Pero recibir la tradición críticamente implica también someter sus formulaciones a evaluación. La tradición puede ayudarnos a interpretar la Escritura, pero la Escritura continúa funcionando como criterio para evaluar nuestras interpretaciones de la tradición.

Lo mismo ocurre con la razón, la experiencia y el contexto. La razón permite analizar, argumentar y detectar inconsistencias; la experiencia muestra cómo las doctrinas afectan la vida concreta; y el contexto permite identificar las preguntas que requieren una respuesta teológica. Ninguna de estas dimensiones es irrelevante, pero ninguna necesita convertirse en autoridad suprema. Alexander Mwita menciona que «Bloesch evalúa la filosofía, la razón, la fe y las Escrituras como la hoja de ruta para el estudio teológico».[4]

El mástil, por tanto, no representa una cadena que inmoviliza al teólogo, sino los límites dentro de los que navegar. Una metodología sin límites puede quedar determinada por la última tendencia cultural, filosófica o académica; una metodología que teme escuchar voces externas puede perder su capacidad de dialogar con el mundo. La tarea consiste en escuchar mucho sin perder el rumbo.

Entre Escila y Caribdis: el peligro de perder el rumbo

Después de las sirenas, la Odisea presenta el paso entre Escila y Caribdis, otro peligroso momento. La navegación exige reconocer los peligros y tomar decisiones conscientes sobre cómo atravesarlos. Esta imagen resulta apropiada para pensar los extremos metodológicos que aparecen cuando una dimensión legítima de la teología se convierte en un absoluto. Uno de esos extremos es el tradicionalismo. La tradición es necesaria porque nadie piensa teológicamente desde cero. Pero se vuelve problemática cuando determinadas formulaciones históricas se consideran intocables simplemente por pertenecer al pasado. En ese caso, la tradición deja de ser memoria y se convierte en una barrera exenta de toda revisión.

En el extremo contrario aparece un biblicismo descontextualizado. Aunque su intención puede ser proteger la autoridad de la Escritura frente a otras autoridades, puede terminar suponiendo que es posible interpretarla sin historia, tradición, comunidad o presupuestos hermenéuticos. Al intentar eliminar toda mediación, la interpretación personal termina ocupando el lugar que se quería reservar exclusivamente para la Escritura.

La imagen de Escila y Caribdis no debe entenderse como una invitación a buscar un punto medio matemático entre todos los extremos. El objetivo no es repartir la autoridad en partes iguales, sino ordenar correctamente las distintas dimensiones del método. La Escritura mantiene su prioridad normativa; la tradición aporta memoria y sabiduría histórica; la razón permite analizar y argumentar; la experiencia muestra cómo la fe se vive; y el contexto ayuda a identificar las preguntas que requieren atención. Cada dimensión tiene un lugar, pero ninguna debería convertirse en el todo.

La fidelidad y la relevancia no necesitan convertirse en enemigos. La teología puede ser bíblicamente responsable sin ser indiferente al mundo, y puede dialogar con la cultura sin quedar determinada por ella. Puede valorar la tradición sin convertirse en tradicionalista, utilizar la razón sin caer en racionalismo y tomar en serio la experiencia sin convertirla en el criterio último de la verdad.

El viaje teológico, entonces, no consiste en eliminar los peligros del mar, sino en aprender a navegar entre ellos. Las sirenas seguirán cantando y Escila y Caribdis seguirán apareciendo bajo distintas formas históricas. La tarea del teólogo consiste en reconocer esas voces, comprender lo que pueden aportar y, al mismo tiempo, mantener claro el criterio que orienta el viaje. La autoridad normativa de la Escritura no se usa como una excusa para dejar de pensar, sino precisamente como el punto desde el cual pensar teológicamente en medio de la complejidad de la historia.


[1] David K. Clark, To Know and Love God, (Wheaton: Crossway Books, 2003), 63.

[2] John D. Dadosky dice: «Una matriz cultural es, sencillamente, el complejo entramado de significados y valores que guardan coherencia dentro de una comunidad de personas, generalmente —aunque no de forma exclusiva— delimitada por un espacio geográfico y/o una lengua común». John D. Dadosky, The Wisdom of Order An Exploration of Lonergan’s Method in Theology, (Toronto: University of Toronto Press, 2024), 9.

[3] Y prosigue diciendo que «está claro que la concepción que se tenga de la relación de Dios con la Biblia afectará a las decisiones que se tomen sobre la relación Biblia-teología». Kevin J. Vanhoozer, El drama de la doctrina, (Salamanca: Sígueme, 2010), 106.

[4] Alexander Mwita, Critical Analysis of Donald G. Bloesch’s Theological Method and its Implication to Doctrinal Formulation, (África: Pan-African Journal of Theology, 2024), 21.

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