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A lo largo de nuestra vida nos han dicho un sinfín de mitos: «Si te tragas un chicle, se te pegan los intestinos»; «No te metas al agua después de comer, porque se te corta la digestión». ¿O qué tal este? «El dolor en las articulaciones de los dedos viene de lavar y planchar mucha ropa». Ninguno es cierto. El chicle no se digiere, pero tampoco se queda pegado: sale del cuerpo en pocos días. El «corte de digestión» no tiene sustento médico. Y el dolor articular tiene otras causas, no el oficio de la casa.
Aprender mitos es facilísimo. Son frases cortas, fáciles de recordar, que pasan de generación en generación. Por eso no debería sorprendernos que la historia de la iglesia también tenga los suyos. Llevamos más de 500 años repitiendo versiones exageradas de la Reforma protestante, y algunas están tan metidas en nuestras creencias y tradiciones que cuesta soltarlas.
Pero hay buenas noticias: algunos de estos «mitos» se pueden rescatar. Unos quizá sean ciertos, aunque no se puedan probar; otros no son exactos, pero apuntan a algo valioso. Hoy examinaremos tres. Es posible que alguno te haga ver la Reforma de otra manera.}
1. ¿Martillazo o carta? Las 95 tesis
El primer mito sostiene que el 31 de octubre de 1517 Martín Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg. Ese martillazo cambió el mundo; sin él, todos seríamos católicos romanos.
Lo que sabemos es que la mayoría de los historiadores ya no acepta la escena del martillo. Algunos son tajantes («¡Eso nunca pasó!») y otros, más cautos («A lo mejor sí, a lo mejor no, ¿quién sabe?»). Lo que sí está documentado es que Lutero mandó por correo una carta al arzobispo de Maguncia, con sus quejas contra la venta de indulgencias y las 95 tesis adjuntas. Esa carta, y después la imprenta, hicieron mucho más que un papel clavado en una puerta. Piénsalo como si hoy pegaras un anuncio en latín en el tablón de la escuela: solo lo habrían leído los maestros y algunos estudiantes. Imprimir y repartir copias fue lo que lo volvió viral.
Reconozcamos que la imagen del monje con martillo en mano es mejor para una película. Nadie pintaría un cuadro de un joven fraile sellando una carta y entregándosela a un mensajero. Los historiadores Volker Leppin y Timothy Wengert lo resumen así: «se hayan clavado o no, lo que le dio importancia a las tesis fue su contenido y el debate teológico que provocaron, no el efecto dramático que el relato posterior les dio».
¿Por qué importa? Los cambios grandes casi nunca llegan de golpe. A Lutero le tomó décadas de obstáculos, discusiones y dudas lograr que el evangelio de la gracia se impusiera sobre la salvación por obras. La Reforma se fue forjando durante siglos, golpe tras golpe sobre el yunque de la historia. Con nosotros pasa igual. Cambiar una vida, una familia o una cultura exige constancia y terquedad santa, no un solo gesto heroico, un voto o una victo
2. ¿El eslogan de la Reforma? Las cinco solas
El segundo mito sostiene que los reformadores resumían su teología en las cinco solas y que ese era su grito de batalla. Seguro las has visto en conferencias, camisetas y pósteres: sola scriptura (solo la Escritura), sola gratia (solo la gracia), sola fide (solo la fe), solus Christus (solo Cristo) y soli Deo gloria (la gloria sea solo para Dios). Son los cinco pilares de la Reforma.
Lo que sabemos es que esos cinco lemas no aparecieron juntos como un resumen de la teología protestante hasta el siglo XX. Kevin Vanhoozer, entre otros, lo ha mostrado. Esto no quiere decir que Lutero y los demás no creyeran lo que dicen. Sostenían que la salvación es solo por gracia, mediante la fe, en Cristo. Defendían que la Escritura es la autoridad final en fe y práctica. Y creían que todo se hace para la gloria de Dios. Pero ese paquete tan bien presentado tardó unos cuatrocientos años en armarse.
Y hay otro malentendido: el lugar que ocupan. Si a Lutero o a Calvino les hubieran pedido resumir la Reforma, habrían señalado primero a Jesucristo, su persona y su obra. Habrían citado la Biblia, claro, pero leída con las grandes doctrinas de siempre, las de los catecismos y confesiones, y vivida en comunidad, en adoración y en fe. Reducir la Reforma a cinco frases es quedarse corto frente a la riqueza de la fe cristiana.
Eso no significa que debamos tirar las solas. David Van Drunen lo dice muy bien: «la gente quizá empezó a hablar de las “cinco solas” mucho después, pero cada una toca el corazón de la fe reformada. Los reformadores tal vez no las llamaron así, pero la grandeza de Cristo, la gracia, la fe, la Escritura y la gloria de Dios llenó su teología, su ética, su adoración y su manera de vivir».
¿Por qué importa? Las cinco solas son un buen punto de partida para entender la Reforma, pero un cimiento no es la casa completa. Cuando seguimos construyendo, descubrimos cómo se sostienen entre sí, cómo descansan en la Escritura y en la historia de la iglesia, y cómo nos llevan a vivir para la gloria de Dios, por gracia, por fe, en el Salvador que nos muestra su Palabra.
3. ¿Invento de Lutero o verdad recuperada? La justificación por la fe
El tercer mito afirma que la idea de que somos salvos solo por gracia mediante la fe nunca se había oído antes de la Reforma. Si fuera tan bíblica, dicen, alguien la habría enseñado antes. Desde el principio, los católicos acusaron a Lutero de inventar doctrina. Los reformadores respondían que solo recuperaban lo que se había perdido. Hoy la acusación sigue circulando, y la repiten tanto católicos como protestantes. Entonces, ¿inventó Lutero la justificación por la sola fe en el siglo XVI? No.
Lo que sabemos es lo que decían los primeros cristianos. Clemente de Roma (finales del siglo I), a quien la tradición católica considera uno de los primeros papas y probable colaborador de los apóstoles, escribió: «No somos justificados por nosotros mismos, ni por nuestra sabiduría, entendimiento, piedad u obras hechas con santidad de corazón, sino por la fe, por la cual Dios Todopoderoso ha justificado a todos desde el principio» (1 Clemente 32:3-4). Policarpo de Esmirna, discípulo del apóstol Juan, escribió hacia el año 110 que sabemos «que por gracia han sido salvos, no por obras, sino por la voluntad de Dios mediante Jesucristo» (A los Filipenses 1:3). Y en el siglo IV, Mario Victorino, al comentar Gálatas, explicó que la fe misma otorga justificación y santificación, y que judíos y gentiles se justifican por la fe, no por las obras ni por guardar la ley judía.
No son casos sueltos, sino muestras de muchas voces que quedaron ahogadas bajo siglos de dogmas apilados durante la Edad Media. La idea de sola fide estaba tan enterrada que, cuando Lutero y los reformadores la sacaron a la luz, ¡sonó a novedad! Los reformadores sí afinaron y aclararon la doctrina frente a los abusos de su época. Pero la salvación por gracia mediante la fe ya se encuentra en los primeros escritos cristianos y en los padres de la iglesia.
¿Por qué importa? Muchos hermanos evangélicos dicen: «¿Y a mí qué me importa si Lutero fue el primero? Mi autoridad es la Biblia, no la tradición». En lo esencial tienen razón: la autoridad final en todo son los escritos de los apóstoles y profetas. Aun así, si el Espíritu que inspiró las Escrituras también vive en el cuerpo de Cristo, ¿no sería natural encontrar las grandes enseñanzas apostólicas resonando en los primeros siglos? Habría que sospechar de una doctrina totalmente nueva que nadie hubiera enseñado jamás, ni siquiera los discípulos de los apóstoles. Por eso podemos estar tranquilos: creer en la salvación solo por gracia, solo por la fe, solo en Cristo no es una moda del siglo XVI. Es la recuperación de algo que maestros y pastores de la iglesia ya habían enseñado.
Referencias:
El prejuicio del aula y el diagnóstico históricoComo alguien que conoce el sistema educativo uruguayo por dentro, tras años de formación y ejercicio docente en el área de Historia, resulta
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