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¿Alguna vez has sentido la necesidad de saber quién eres, para qué estás hecho o cuál es tu identidad? ¿Y si la ansiedad que sientes por “definirte” no viene de adentro, sino de todo lo que te rodea?
Vivimos en la era digital, donde fácilmente caemos en la trampa de definirnos por lo que hacemos o por lo que tenemos, sin recordar que esas son cosas pasajeras. Esta generación no solo está en constante búsqueda de identidad, sino en constante exposición a ella.
Antes, la identidad era un proceso interno, privado, incluso lento. Ahora estamos apresurados por saber: ¿quiénes somos?, ¿cómo nos identificamos? Todo esto para ponerlo en nuestra biografía, monetizar con ello. Nos volvemos una marca, un producto.
Y esa necesidad ya no es solo descubrir, sino anunciarlo públicamente y que nos reconozcan por eso. Porque ahora, tener likes es sinónimo de aceptación; tener seguidores, señal de popularidad. Cuando todos aplauden cómo nos definimos o cómo nos sentimos, eso nos valida. Vivimos queriendo demostrar que tenemos valor.
Esta necesidad no es nueva. La llevamos arraigada desde siempre. Lo vemos incluso cuando los discípulos de Jesús discutían sobre quién era el mayor entre ellos (Mr 9:34). La diferencia es que ahora las redes sociales nos empujan a querer agradar a todos. El miedo a ser rechazados públicamente puede hacernos caer en cosas para las que realmente no fuimos creados.
Nunca una generación tuvo tanta libertad para definirse y, al mismo tiempo, tanta ansiedad por no saber quién es. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), aproximadamente el 4,4 % de la población mundial padece algún tipo de trastorno de ansiedad, lo que equivale a más de 359 millones de personas. Porque, ¿qué pasa cuando la identidad depende de la reacción de otros? Se vuelve frágil, cambiante y ansiosa.
Ahora la identidad se convierte en un producto: se muestra, se ajusta a la necesidad del consumidor, se vende. La identidad construida únicamente desde el sentir humano corre el riesgo de volverse tan cambiante como las emociones mismas. Y es aquí donde el alma empieza a cansarse.
Fuimos creados para algo más estable que la aprobación humana, más profundo que una simple etiqueta o un pronombre. Sin embargo, cuando vivimos desde esa necesidad, también caemos en la comparación: “ella tiene mejor cuerpo que yo”, “él gana más dinero que yo”, “ella tiene más tiempo para viajar”, “a él sí lo invitan a predicar en iglesias”, “ellos tienen, y yo no”. Pero esa no es la vida real. En redes sociales se muestra solo una pequeña parte de la verdad: aquello que saben que te va a agradar.
La narrativa actual nos dice: “defínete a ti mismo”, “¿qué sientes que eres?”. La Biblia nos recuerda algo que contrasta profundamente con esta narrativa: “Y creó Dios al hombre a su imagen…” (Gn 1:27). La realidad es que solo encontramos nuestra verdadera identidad en nuestro Creador. Porque una obra de arte no puede ser definida por quien no la creó.
Tu identidad fue formada con intención, en orden, desde antes. No está basada en algo tan pasajero como una emoción o un sentimiento, sino definida desde la hermosura de Su imagen. No tienes que sostener tu identidad en los comentarios de personas que no te conocen. Porque tu identidad no está en cómo te ven, ni siquiera en cómo te percibes, sino en quién te creó.
No tienes que tratar de autoconstruirte. Puedes recibir la identidad que desde el principio te fue dada. Porque no eres lo que sientes hoy o mañana, sino lo que Cristo ha hecho en ti. Y por más que busques valor en ti mismo, no encontrarás plenitud sin la redención de Jesús.
Durante mucho tiempo, tanto en círculos cristianos como en el ámbito secular, el auge de los videojuegos ha sido recibido con preocupación. Con frecuencia se ha advertido que fomentan el