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Fleabag[1] no es la típica comedia británica cargada de sarcasmo. Es una serie que combina un humor brillante con situaciones profundamente dramáticas y absurdas, mientras rompe constantemente la cuarta pared. Gracias a ese recurso, el espectador no solo observa la vida de Fleabag —la protagonista— sino que también tiene acceso a sus pensamientos más íntimos, sus deseos, contradicciones y mecanismos de defensa.
La historia sigue a una joven londinense que dirige una pequeña cafetería mientras intenta sobrevivir a relaciones familiares complejas, amistades rotas, encuentros sexuales, la culpa y un duelo que nunca termina de procesar.
Es una serie que a mi esposa y a mí nos ha hecho reír a carcajadas en muchas ocasiones. Sin embargo, lo más sorprendente es que, apenas cinco minutos después de terminar un episodio, nos ha dejado conversando sobre preguntas que pocas series se atreven a plantear. Y quizá ahí reside su mayor virtud: detrás de cada chiste incómodo hay una reflexión profunda sobre la condición humana. Puede parecer una comedia irreverente, pero en realidad aborda temas muy profundos: el duelo y la pérdida, la soledad, la culpa, las relaciones familiares, el deseo de ser amado, la vulnerabilidad y la dificultad de conocerse a uno mismo.
Uno de los mayores problemas que enfrentamos como sociedad es la falta de una identidad sólida o, al menos, la dificultad de mostrarnos tal como realmente somos. Vivimos rodeados de máscaras, proyectando una imagen que creemos que los demás esperan ver, mientras ocultamos aquello que más necesita ser visto.
Por eso el recurso de romper la cuarta pared es mucho más que un elemento cómico. Cada vez que Fleabag mira a la cámara, parece encontrar un espacio donde puede dejar de fingir.
En la segunda temporada aparece un personaje clave: el sacerdote. Un pequeño aviso, sin entrar en spoilers: no es el típico sacerdote católico que suele venirnos a la mente. A ojos de Fleabag es atractivo, interesante y poco convencional. Y no le falta razón, al menos en esto último. Es torpe, está lleno de contradicciones, es inseguro y carga con miedos y dudas. Es un personaje que vive en tensión entre su vocación y sus sentimientos.
Poco a poco, ambos personajes comienzan a sentirse atraídos el uno por el otro. En el fondo, funcionan como un espejo: los dos esconden sus miedos, su culpa y sus inseguridades. Ella lo hace a través del humor y el sexo; él, a través de su rol como sacerdote y del alcohol.
Uno de los elementos más hermosos de la serie es que el sacerdote se da cuenta de que Fleabag rompe la cuarta pared. Y esto es significativo: él es el único personaje que parece verla de verdad, más allá de los muros que ella ha construido para protegerse de un mundo que la ha herido y rechazado por sus fallos y su forma de ser.
En una de las escenas más reveladoras de la serie, Fleabag expresa algo que va mucho más allá de una crisis personal. Sus palabras muestran una necesidad profundamente humana, el deseo de que alguien nos diga quiénes somos y cómo debemos vivir cuando nosotros mismos no encontramos respuestas:
Quiero que alguien me diga qué ponerme cada mañana. Quiero que alguien me diga qué comer, qué me gusta, qué odiar, por qué enfadarme, qué escuchar, qué grupo me tiene que gustar, para qué comprar entradas, de qué bromear, de qué no bromear. Quiero que alguien me diga en qué creer, a quién votar y a quién amar, y cómo decírselo. Creo que solo quiero que alguien me diga cómo vivir mi vida, padre, porque hasta ahora creo que lo he estado haciendo mal. Y sé que por eso la gente quiere tener a personas como usted en sus vidas: porque simplemente les dicen cómo hacerlo, les dicen qué hacer y qué van a conseguir al final. Aunque no crea tus mentiras y sé que, científicamente, nada de lo que hago importa al final de todos modos, sigo teniendo miedo. ¿Por qué sigo teniendo miedo?
Lo que expresa Fleabag no es simplemente desorientación. Es el anhelo de alguien que busca un lugar donde descansar, a alguien que le diga que su vida tiene sentido y que, a pesar de todo, merece ser amada. En el fondo, esa búsqueda es profundamente humana. Todos intentamos llenar ese vacío con aquello que creemos que nos dará identidad, seguridad o aceptación. Sin embargo, tarde o temprano descubrimos que ninguna de esas cosas —el éxito, el sexo, las relaciones o el reconocimiento— consigue saciar esa sed.
El poeta y sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal lo expresa así en Vida en el Amor:
Esta sed que hay en todos los seres humanos es el amor a Dios. Por este amor se cometen todos los crímenes, se pelean todas las guerras y se aman y se odian todos los hombres. Por este amor se escalan las montañas y se desciende a los abismos del océano; se domina y se conspira, se edifica, se escribe, se canta, se llora y se ama. Todo acto humano, aun el pecado, es una búsqueda de Dios: solo que se le busca donde no está. Porque lo que se busca en orgías, en fiestas, en viajes, en los cines, en los bares, no es más que Dios: que no se encuentra sino dentro de uno mismo.[2]
Quizá como cristianos necesitamos entender que lo que muchas personas muestran de sí mismas, aunque esté envuelto en un mundo superficial, no siempre refleja lo que realmente son. Detrás de muchas de esas máscaras hay una búsqueda de ser vistos y comprendidos, aunque no siempre sepan cómo expresarlo.
En ese sentido, aparece un paralelismo con una idea profundamente cristiana: la mirada de Dios. No es una mirada que busca señalar o «pillar» a alguien en falta, sino una que conoce plenamente a la persona. En muchos relatos en los evangelios, Jesús no se acerca desde la superioridad moral, sino desde la atención y la cercanía: ve al excluido, al culpable, al herido, al que intenta esconderse. También hay algo profundamente cristiano en la manera en que el sacerdote escucha a Fleabag. Escuchar, en la tradición espiritual, no es simplemente dejar hablar al otro, sino reconocer su dignidad más allá de si es bueno, correcto o «merecedor».
Fleabag es una serie con la que quizá muchos hombres y mujeres se sentirán identificados. En el fondo, todos necesitamos un espacio seguro donde podamos ser escuchados, conocidos y aceptados tal como somos. La confesión, entendida como el ejercicio honesto de poner palabras a lo que somos y vivimos, es un elemento fundamental para conocernos a nosotros mismos y descubrir quiénes queremos llegar a ser.
Por eso Fleabag conecta con tantas personas: porque nos recuerda que detrás de muchas máscaras hay una historia que no conocemos. Todos llevamos partes de nosotros que escondemos por miedo a no ser aceptados.
El cristianismo va un paso más allá. Afirma que no tenemos que esperar a que alguien descubra quiénes somos para ser amados. En Jesús, Dios ya nos ha visto por completo: conoce nuestras contradicciones, nuestra culpa y nuestras heridas, y aun así se acerca a nosotros con gracia. Su invitación nunca ha sido fingir una vida mejor, sino salir de nuestro escondite y caminar hacia Él.
Al final, la cuarta pared que rompe Fleabag no es solo un recurso narrativo, es una imagen de las barreras que todos levantamos para protegernos. El evangelio anuncia que existe alguien capaz de atravesarlas. Alguien que no solo nos ve tal como somos, sino que nos ama demasiado como para dejarnos ahí. Y quizá esa sea la mejor noticia de todas.
[1] Advertencia: No todo el contenido de esta serie refleja valores cristianos. Si decides verla, hazlo con discernimiento. Y si sabes que este tipo de contenido puede ser una piedra de tropiezo para ti, no necesitas verla para comprender la reflexión que sigue.
[2] Ernesto Cardenal, Vida en el Amor (Madrid: SAN PABLO, 2021), 25.
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