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Este es el primer artículo de la serie «La teología como un viaje», en la que estaremos analizando el quehacer del teólogo y el de cualquier persona que busca estudiar las Escrituras y reflexionar la fe de manera consciente y seria, comparándolo con la travesía de Odiseo. Esta primera entrega se concentra en preguntas preliminares de la reflexión teológica. ¿Cuáles son mis preconceptos? ¿Desde qué lugar pienso la fe? ¿Cómo puedo conocer a Dios?
Ítaca a la vista: antes de comenzar el viaje teológico
El llamado a partir: ningún teólogo comienza desde cero
Una de las primeras cuestiones que debe reconocer quien se dedica a la teología es que nadie comienza desde cero. El ser humano conoce desde una determinada ubicación histórica, cultural y personal. Posee una formación, una tradición y unas convicciones que influyen en la manera en que interpreta la realidad. La teología tampoco escapa a esta condición. Quien reflexiona sobre Dios no lo hace desde un vacío de ideas, sino desde una determinada tradición de fe, una comunidad, una formación académica y una experiencia personal.
Esto no significa que todo conocimiento teológico sea simplemente subjetivo. Más bien obliga al teólogo a reconocer desde dónde está pensando. John D. Dadosky señala que «los “fundamentos”, tal como los concibe Bernard Lonergan, hacen del horizonte de los teólogos la base sobre la cual se han de aprender las doctrinas».[1] El teólogo se acerca a la Escritura, a la tradición cristiana y a las preguntas de su tiempo llevando consigo una vivencia en carne propia. Reconocer estas condiciones no elimina la posibilidad de hacer teología, sino que permite ejercer una mayor honestidad intelectual. Si el teólogo no reconoce sus propios puntos de partida, corre el riesgo de presentar como verdades universales lo que en realidad está condicionado por su contexto histórico o cultural. La objetividad teológica no debería entenderse como la ausencia absoluta de presupuestos, sino como la capacidad de reconocerlos, examinarlos y someterlos al proceso de reflexión.
Esto también puede expresarse mediante la distinción entre los principios del conocimiento teológico. La teología reformada, especialmente en autores como Michael Allen, ha distinguido entre el principium essendi y principium cognoscendi.[2] El primero señala a Dios como fundamento de todo conocimiento verdadero, el segundo, los principios mediante los cuales el ser humano llega a conocer aquello que Dios ha revelado. La Escritura ocupa un lugar fundamental como principium cognoscendi externum,[3] mientras que la obra del Espíritu Santo en el creyente se relaciona con el principium cognoscendi internum.[4] La teología no comienza simplemente con la capacidad racional del ser humano, sino con la iniciativa de Dios de darse a conocer.
Odiseo tampoco inicia su viaje como un hombre sin historia. Llega de la guerra de Troya cargando experiencias, pérdidas y deseos que condicionan la manera en que enfrenta los peligros del camino. Algo semejante ocurre con el teólogo, ya que también lleva consigo una historia que influye en sus preguntas y en la manera en que interpreta aquello que encuentra. Reconocer ese equipaje es el primer paso para comenzar responsablemente el viaje.
Entre dioses y mortales: ¿cómo conocemos a Dios?
Si ningún teólogo comienza desde cero, surge entonces una pregunta todavía más fundamental: ¿cómo es posible conocer a Dios? La respuesta a esta pregunta determina buena parte del método teológico. Dios no es un objeto que pueda ser estudiado de la misma manera que cualquier otro elemento material o inmaterial. Existe una diferencia fundamental entre el Creador y la criatura, y es que el ser humano, además de ser finito, está afectado por el pecado. Por esta razón, el conocimiento de Dios no puede depender exclusivamente de la capacidad humana para descubrirlo. La teología es posible porque Dios ha tomado la iniciativa de revelarse al hombre.
La revelación puede entenderse, de manera general, en dos dimensiones relacionadas: la revelación general y la revelación especial.[5] La creación apunta hacia su Creador y hace posible que el ser humano perciba aspectos de su poder y grandeza. Este conocimiento no debe confundirse con el conocimiento salvífico que Dios comunica de manera especial. El pecado afecta la capacidad humana para interpretar correctamente la realidad. Por eso la revelación general no sustituye la revelación especial ni proporciona por sí misma el conocimiento necesario para comprender el Evangelio.
La revelación especial, por su parte, se desarrolla en la historia de la relación de Dios con su pueblo y alcanza su punto culminante en Jesucristo. Dios no se limita a comunicar información acerca de sí mismo, sino que se da a conocer mediante acontecimientos, palabras, personas y, la forma más plena, mediante la encarnación del Hijo. La Escritura constituye el testimonio vivo de esta revelación y ocupa un lugar central en el método teológico. Donald Bloesch insiste en la relación entre la Palabra y el Espíritu.[6] La Escritura no debe ser separada de la obra del Espíritu Santo, porque es ella la que permite comprenderla y recibirla como Palabra de Dios. Pero la teología no puede reducirse ni a una experiencia religiosa subjetiva ni a un ejercicio puramente racional. Existe una dimensión intelectual real en la fe, que se desarrolla en el marco de una relación viva con Dios.
Bernard Lonergan permite ampliar la comprensión del conocimiento teológico.[7] Conocer no consiste únicamente en acumular información, sino que implica comprender, juzgar y responder. El conocimiento de Dios no debería terminar en la elaboración de conceptos correctos, sino conducir también a una transformación de la persona y de su manera de vivir la fe. La teología tiene una dimensión intelectual, pero también conduce hacia la sabiduría, la práctica y la adoración. Si Dios no se hubiera revelado, la teología sería únicamente una construcción humana acerca de Dios. Pero si Dios se ha dado a conocer, entonces la tarea del teólogo consiste en escuchar, interpretar y responder fielmente a esa revelación, reconociendo al mismo tiempo las limitaciones propias de quien la interpreta.
El hombre que se embarca: un teólogo situado en el mundo
El teólogo es una persona finita, limitada en su conocimiento y afectada por el pecado. Su conocimiento de Dios es verdadero, pero no completo, y esta limitación debería producir humildad. La teología requiere convicción, pero también conciencia de sus propios límites. Esta humildad resulta especialmente importante cuando se reconoce que el teólogo siempre está situado en un contexto concreto. No existe un teólogo sin historia, ya que cada persona piensa desde un país, un idioma, una cultura, una generación, una iglesia y una determinada formación. También influyen las preguntas que ha enfrentado y las experiencias que ha vivido.
Esto resulta particularmente importante en América Latina. La realidad histórica y social de una comunidad plantea preguntas que pueden adquirir una importancia distinta en otro contexto. Reconocer la importancia del contexto, sin embargo, no significa convertirlo en una nueva autoridad teológica. El contexto funciona principalmente como el lugar desde el cual se formulan preguntas y como el espacio al que la teología debe regresar. Es un espacio hermenéutico, no una fuente normativa capaz de sustituir o corregir la Escritura. Esta distinción es importante porque permite tomar en serio la realidad histórica sin convertir cada cambio cultural en una nueva norma para la fe cristiana.
La teología puede escuchar las preguntas de su tiempo sin quedar completamente determinada por ellas. El contexto ayuda a identificar qué necesita ser pensado, mientras que la Escritura proporciona el criterio normativo desde el cual esas preguntas pueden ser evaluadas. La tradición aporta memoria; la razón ayuda a comprender y argumentar; la experiencia permite percibir cómo determinadas cuestiones afectan a personas y comunidades. Pero ninguna de estas dimensiones funciona de manera aislada.
El viaje de Odiseo no ocurre en un espacio irreal; es un hombre real que atraviesa mares reales, enfrenta peligros (aunque existan factores ficticios) y toma decisiones a partir de las circunstancias que encuentra. Su historia personal forma parte de la manera en que responde a cada situación. Del mismo modo, el teólogo navega dentro de una historia que no eligió completamente, pero en la que está llamado a pensar y actuar responsablemente.
El objetivo de la teología no es escapar del mundo para pensar sobre Dios desde una supuesta neutralidad, sino reflexionar fielmente sobre Dios en medio de la realidad humana. El teólogo comienza el viaje con un determinado equipaje, pero ese equipaje no es la verdad final. La tarea metodológica consiste precisamente en aprender qué debe conservarse, qué debe cuestionarse y qué debe ser corregido mientras se avanza hacia el horizonte de la verdad.
[1] John D. Dadosky, The Wisdom of Order and Exploration of Lonergan’s Method in Theology, (Toronto: University of Toronto Press, 2024), 124.
[2] Michael Allen, Theology and the Future, (London: Bloomsbury T&T Clark, 2014), 17.
[3] Ibid.
[4] Ibid.
[5] La primera se refiere a la manera en que Dios se da a conocer mediante la creación, el orden de la realidad y la conciencia humana. La segunda se relaciona con la acción particular de Dios en la historia de la salvación, que encuentra su centro en Jesucristo y cuyo testimonio normativo se encuentra en las Escrituras.
[6] Alexander Mwita menciona de Donald G. Bloesch que «propone una teología de la Palabra y el Espíritu como método alternativo que no depende primordialmente del texto bíblico, sino de la revelación divina». Alexander Mwita y Gabriel Masfa, “Critical Analysis of Donald G. Bloesch’s Theological Method and its Implication to Doctrinal Formulation”, Pan-African Journal of Theology, 3(1): 21.
[7] Dodosky hace uso de la siguiente cita diciendo “El conocimiento de la fe nos introduce en la solución al problema de las limitaciones humanas y del mal: «no es el argumento, sino la fe religiosa, lo que liberará a la racionalidad humana de sus prisiones ideológicas». Dadosky, The Wisdom of Order, 112.
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